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Avilés pierde

La autora hace una lectura crítica de la deriva que lleva el municipio

Hay un dicho muy manido que reza: cualquier tiempo pasado fue mejor. Es cierto que siempre estamos a vueltas con el pasado de Avilés, pero es que cualquiera que haya nacido, crecido y vivido la inmensa mayoría de su vida en la Villa del Adelantado no puede evitar mirar atrás

Vamos a poner varios ejemplos: ojeamos la prensa reciente, esa que hace balance del año que pasó, y todo son malos augurios para Avilés, aquel que conocimos en los años 70 y 80 las décadas del “baby boom”, con sus calles llenas de niños y los bares y zonas de ocio a reventar. Éramos una ciudad joven, la tercera ciudad de Asturias en población (Avilés llegó a acoger alrededor de 100.000 almas), y sin duda una de las más prósperas de la Cornisa Cantábrica, la Atenas del Norte, el motor industrial de Asturias, ciudad gris cuya belleza era la gran desconocida para muchos, pero llena de vida y futuro.

¿Quién diría en aquellas fechas de bonanza que 30 años después seríamos la ciudad que pierde más de 30.000 personas en menos de treinta años? Eso sí, ganamos mascotas a pasos agigantados. Avilés tiene más perros que niños, que no digo yo que no esté bien tener mascotas, pero que haya más cánidos que niños a alguien debería llamarle la atención, o más bien hacer sonar las alarmas.

Pero no nos quedemos en el invierno demográfico que se cierne sobre nosotros, en la ausencia de niños y jóvenes que constituyen el único futuro certero de la patria chica que les ve nacer, si no en aquellas personas que, por algún motivo desconocido pero a las que deberíamos estar sinceramente agradecidos, tienen ya no la valentía si no la osadía de intentar emprender en Avilés, de dar empleo, riqueza y pagar impuestos en una villa cuyos gobernantes miran muy pero que muy poco, por sus empresarios, comerciantes y hosteleros. Porque aquí también vamos a la cabeza en pérdida de autónomos. Mientras en los municipios vecinos, y por comparativa en las otras dos grandes ciudades de Asturias, el autoempleo se mantiene o su pérdida es meramente testimonial, en Avilés las cifras de destrucción del autoempleo son las más alarmantes de la región (3,6%) frente al 0,4% de Gijón o el 1,4% de aumento en Oviedo.

Y como no hay dos sin tres, también en algunos aspectos relacionados con la industria salimos ganando. Ganamos en incertidumbre en el futuro incierto de nuestra industria electrointensiva, amenazados por la impredecible subasta de interrumpibilidad, la altísima tarifa eléctrica que les condenan a perder competitividad con países que se pasan por el arco del triunfo las emisiones de CO2, que abren con orgullo centrales térmicas y son energéticamente autosuficientes. Lo mismo que ganamos en la incertidumbre que genera el futuro de la industria pesada; sí, esa “tan contaminante” que toda la progresía parece aborrecer a pesar de proveer de sustento a miles de familias durante décadas y que, ahora, cuando la sombra de la deslocalización ya nos ha dado unos cuantos sustos, empiezan reconocer que tampoco son eternas.

Por no hablar ya de batallas perdidas como nuestra flota pesquera, que hoy se ve reducida a unos cuantos barcos mientras en los años noventa contaba con unos cuarenta; el antiguo mercado de ganado también perdido o incluso el matadero que, tras su privatización, qué casualidad, también ha fracasado.

Ahora, tras treinta años de decadencia industrial, de pérdida de población, de éxodo de jóvenes y de condena a la irrelevancia en la región es cuando los mismos que llevan gobernando Avilés, ya casi por inercia durante 40 años, se tienen que dar cuenta de que algo no funciona, que algo se está haciendo mal, que hay que atraer población e inversores… revertir treinta años de decadencia.

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