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Marisol Delgado

Mente sana

Marisol Delgado

Cómo hacer un duelo cuando no hemos podido ni decir adiós

La crueldad de la pandemia en momentos de pérdida

Se fue.

Se fue demasiado pronto y en silencio.

Se fue con su corazón siempre dispuesto, con su alegría, con su sonrisa de “niñico” travieso.

Se fue sin que pudiéramos darle consuelo, sin que pudiéramos aliviar sus miedos, sin que pudiéramos, ni tan siquiera, decirle un te quiero.

Y duele…

Duele tanto que hasta el alma se encoge y duele.

Porque la pena por la ausencia es doble pena cuando no se ha podido estar a su lado.

Porque el dolor se agranda cuando las palabras de cariño y de despedida se quedan colgadas en el más hondo de los vacíos al no poder atravesar muros y ventanas.

Qué complicado tener que hacer duelos sin poder expresar, sin poder abrazar, sin poder cuidar, sin poder acompañar…

La pandemia no da tregua.

Nos impone la distancia hasta cuando la vida se escapa.

Nos implanta el frío oscuro y denso que nos recorre el cuerpo cuando, tras dejar a nuestro ser querido en una puerta de urgencias, tenemos que volver a nuestra casa. A esperar. A vivir cada minuto, cada día, pendientes del teléfono, pendientes de una llamada, de una puñetera llamada que no se sabe si provocará alivio o más sufrimiento…

Dicen que lloramos a aquellos gracias a los cuales somos quienes somos.

Y en este llanto no sirven los atajos. No queda otra que hacer un proceso. Un proceso propio, un proceso con sus inevitables ciclos, un proceso que se ve aliviado cuando nos respetamos y nos damos permiso para sentir lo que sentimos.

“Hoy adiós es un grito que quiere decir bienvenido…” cantaban Los Suaves.

El amor y los símbolos compartidos honrarán su recuerdo.

Lo necesitamos...

Para que la calma nos vaya abrazando.

Para que duela menos.

Para que el alma vaya cicatrizando.

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