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Román Antonio Álvarez

Diario de a bordo

Román Antonio Álvarez

Menéndez de Avilés y los indígenas de Florida

La búsqueda de alianzas y la diversidad cultural como seña del asentamiento del avilesino

Menéndez no fue negrero, ni un esclavista, y de ninguna manera se le puede colgar el sambenito de introductor de la esclavitud afroamericana en el territorio estadounidense. Efectivamente, vivió en una época en la que existía la esclavitud y tuvo que convivir con ella. Pero también fue el avilesino quien sentó las bases para que, años más tarde en San Agustín, surgiese el primer bastión de libertad para los negros americanos: Fort Mose.

En la relación de Menéndez con los grupos de indígenas de Florida, hay que destacar que en ese territorio convivía una amalgama de tribus y de clanes que no habían superado el neolítico, y cuya organización sociopolítica no pasaba, en el mejor de los casos, de algunas confederaciones de pueblos. Los grupos indígenas, independientes y diferentes, la mayoría eran seminómadas, belicosos, y muy territoriales. Se enfrentaba a cualquier intruso que se adentrase en sus dominios, cuyos límites eran difusos, tanto si eran vecinos como desconocidos. Los españoles eran unos extraños más, y fueron combatidos.

Efectivamente, la totalidad de los grupos de españoles que llegaron a Florida a partir de 1513, fueron expulsados violentamente por los indígenas. Calusas, en el oeste, Ais y Timucuas en el este, Apalache y Guale en el norte, Tequesta en el sur, no se anduvieron con chiquitas y, de manera expeditiva, neutralizaron todos los intentos de asentamiento. Hasta tal punto que, Felipe II promulgó una Pragmática, el 23 de septiembre de 1561, por la cual prohibió tajantemente cualquier expedición a Florida.

También los franceses tuvieron una experiencia similar a su llegada en 1562. Ribault funda una colonia, Charlesfort, y deja en ella a 27 hombres, al mando de Albert de la Pierria. Luego partió hacia Francia para reabastecerse. Las guerras de religión habían estallado en la metrópoli y Ribault huyó a Inglaterra en donde permaneció preso, acusado de espía. Una vez liberado, organiza una segunda expedición a Florida junto con Laudonnière. En la primavera de 1565 la colonia que había dejado en América ya no existía. El fracaso de las cosechas y los ataques de los indios, hicieron que los supervivientes decidiesen volver a la metrópoli. Cuando Laudonnière y Ribault llegan a Florida la antigua colonia estaba arrasada, por lo que fundan una nueva más al sur: Fort Caroline.

En definitiva, los indios floridanos eran gente celosa de su independencia y defensores por todos los medios de su libertad. Las sucesivas Leyes de Indias españolas, pioneras en defensa de sus derechos, prohibían explotarlos y esclavizarlos, y su aplicación era vigilada por el Consejo de Indias y la Casa de Contratación.

La legislación contrastaba muchas veces con lo que ocurría sobre el terreno, como revela el relato del viaje de Hernando de Soto, escrito por el cronista Jaime Martínez, que plasma las palabras del soldado ante el espectáculo que observa sobre el terreno, después de un ataque de los timucuanos, acostumbrados a cortar las cabelleras de sus enemigos: “Pido a Dios, que haga ver a esos señores del Consejo de Indias esto que nos está pasando, para que reflexionen sus instrucciones sobre el buen trato que hemos de dar a los indios”. No era, por tanto, una empresa fácil la que se le planteaba, pero es justo convenir que algo diferente debió de hacer Menéndez, en lo referente a la relación y trato con los indígenas, porque observamos que triunfa donde habían fracasado todas las expediciones anteriores desde la llegada de Ponce de León.

La estrategia puesta en marcha por el avilesino fue diferente a las anteriores de españoles. Menéndez siguió la línea de la expedición de Tristán de Luna; se trataba de instalarse de forma pacífica, conviviendo amigablemente con los nativos. Para él, los únicos enemigos que había en Florida eran los franceses. Se dedicó a negociar por separado con las diferentes tribus indígenas, para concretar así con cada una sus planes de conquista y colonización. La llegada de la expedición de Pedro Menéndez de Avilés a las costas de Florida ya dejó constancia de su estrategia. El primer desembarco y la fundación de San Agustín fueron pacíficos y en plena connivencia con el clan Timucua que habitaba aquella costa, que incluso cedió la choza comunal para instalar el primer fuerte español, embrión de lo que sería después la ciudad de San Agustín, a estos actos siguió una comida conjunta de españoles y nativos que daría lugar, según el desaparecido hispanista norteamericano Michael Gannon en “Breve historia de Florida”, a la tradicional comida día de “Acción de Gracias” norteamericana. Fueron indios amigos los que lo guiaron a través de los pantanos y bajo un terrible huracán para acercarse y atacar en tiempo récord el asentamiento francés de Fort Caroline y también, los que fueron sus ojos para localizar a los grupos de franceses que, dispersos, vagaban por las playas cercanas a San Agustín, incluyendo el del comandante Ribault.

Los Calusa habían recibido a Ponce de León a sangre y fuego, causándole las heridas que lo llevarían a la muerte, en su segunda expedición a la bahía de Tampa, realizada en 1521. Con ellos también tuvo Menéndez buena mano. Su habilidad para evitar el encuentro armado y su oferta de negociación pacífica, fue aceptada por el cacique Carlos, con el que acordó la liberación de varios prisioneros españoles que habían sido capturados en expediciones anteriores. Entre ellos, Hernando de Escalante Fontaneda, prisionero en 1549, cuando contaba 13 años, y que había permanecido cautivo de los calusa durante 17 años. Cuando su barco naufragó en las costas floridanas, el muchacho fue apresado y esclavizado junto con el resto de la tripulación, muchos de los cuales fueron asesinados. Cuando llegó Menéndez, liberó a los que quedaban en poder de los indígenas, tras aceptar la propuesta del cacique de casarse con su hermana Antonia.

Con los Tequesta, el avilesino entró en contacto en 1567. Un huracán le obligó a buscar refugio en las costas de la actual Miami y los indios lo recibieron con hospitalidad y le prestaron ayuda. El Adelantado fundó allí una misión dentro de un asentamiento rodeado por una cerca y estableció con ellos una buena relación.

Con quien Menéndez tuvo un trato difícil y violento fue con Saturiwa, cacique de una confederación de clanes Timucua. Era un líder muy belicoso, al que Menéndez le prohibió sus continuos ataques a las tribus vecinas de indios Guale y Ais, cosa que no fue aceptada por él de buen grado. Por ello, en 1568 ayudó a los franceses de Dominique Gourgues en su asalto a San Mateo, y realizó múltiples ataques a los asentamientos españoles, así como a los barcos que se acercaban. Estas acciones enfurecieron a Menéndez que, en 1569, dirige una carta al Rey Felipe II solicitando permiso para combatir, apresar y vender como esclavos, a los indios hostiles. Sin embargo ni la Casa de Contratación, ni el Consejo de Indias, autorizaron nunca esa pretensión. Ni estaban por facilitar la labor del Adelantado, ni su proposición tenía encaje legal.

Esa reacción airada de Menéndez, no fue la que inspiró su empresa. En Florida, una vez ocupado definitivamente el territorio, los nativos no fueron reducidos a la esclavitud, ni se les sometió a la tutela de los encomenderos, como en otras partes de América. Menéndez tenía decidido dejar la milicia y trasladarse a vivir a Florida, a Santa Elena, en donde tenía un excelente trato con los indios Timucua. Así se lo hace saber a su sobrino Pedro Menéndez Marqués, en una carta que le envía desde Santander, en 1574, el 8 de septiembre, pocos días antes de su muerte.

El historiador canadiense afincado en Orlando, Michael Francis, afirma lo siguiente respecto de la convivencia en las nuevas tierras americanas: “San Agustín fue desde su fundación una suerte de crisol de culturas, diverso, rico en mestizaje, donde convivieron españoles, portugueses, irlandeses, ingleses, franceses, africanos e indios”. Aportábamos de su mano, el dato del primer matrimonio cristiano en los Estados Unidos, que fue el celebrado en 1565 entre los españoles Miguel Hernández, herrero y soldado de Segovia, y Luisa Ábrego, una negra libre que trabajaba de sirvienta en Jerez de la Frontera.

Otro ejemplo de esta convivencia, es el documento fechado el 22 de febrero de 1594, en el que se registra otro matrimonio, el del soldado de San Agustín, Pedro Beltrán y una mujer india, bautizada con el nombre de Isabel Gonzales. Francis, es profesor de Historia de la Universidad del Sur de Florida San Petersburgo, un investigador infatigable y gran conocedor de la huella española en Florida, que no deja lugar a dudas cuando concluye sus estudios sobre la obra de Menéndez afirmando: “Frente a versiones que adolecen de falta de rigor histórico, la colonización española en lo que actualmente es territorio estadounidense, se fundamentó en la búsqueda de alianzas con los indígenas y en la diversidad cultural de su empresa”.

Nada que añadir.

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