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La distinción moral

La impecable labor profesional de Fernando Olivié

Un hombre bueno, un asturiano cabal, Manuel Robledo me lo presentó hace quince años. Desde vivencias adolescentes compartidas en Avilés, conservaban una entrañable amistad, y los dos nos han dejado, nonagenarios, sin muchos meses de distancia. He tenido la inmensa suerte de disfrutar de la cercanía y el afecto de ambos.

Sobresalía en Fernando Olivié la concordancia entre la distinción moral y la física. Ser y estar. Rectitud de comportamiento y elegancia de gesto y de palabra. Pulcro por dentro y por fuera.

Se desempeñó profesionalmente como diplomático vocacional, dejando siempre testimonio de una “fe inquebrantable y esperanzadora” en el destino de España”. Así lo confesaba en las páginas de su obra más lograda: La herencia de un imperio roto. Dos siglos en la historia de España, cuya edición más reciente (2016) tuve el privilegio de prologar.

Es una pieza maestra, decantación de una larga trayectoria de servicio y, al mismo tiempo, de estudio, de impecable trabajo en embajadas y despachos ministeriales y, a la vez, de prolongadas horas de biblioteca. Nuestra historia como nación contada con una escritura limpia, ágil, cuidada, en plena correspondencia con el vigor analítico del contenido y el depurado aporte interpretativo. Quien piensa bien escribe bien, acertó a decir Montaigne. Así ha sido y así se ha desempeñado este hombre serio y, sin embargo, jovial, Olivié. Tan sabio como discreto, ética y estética en armonía. Todo un señor.

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