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Milio Mariño

Un hombre el Día de la Mujer

Es difícil ser hombre en estos tiempos que corren, aunque, claro, mucho menos difícil que ser mujer

Aunque crean que escribir un artículo a la semana no es para deslomarse, a mí me cuesta bastante. Me cuesta, sobre todo, encontrar el tema, por eso me vino bien que este lunes coincidiera con el Día de la Mujer. El tema estaba cantado. Con hablarles de que este día fue instituido en 1910 por la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas y que rememora el 8 de marzo de 1857, que fue cuando miles de trabajadoras textiles decidieron salir a las calles de Nueva York, con el lema “Pan y rosas”, para protestar por las míseras condiciones laborales y reivindicar un recorte del horario y el fin del trabajo infantil, tenía el artículo encaminado. Además, podía ir de guay comentándoles que, de vez en cuando, friego los platos, bajo la basura y voy al supermercado. Con eso y un poco de peloteo diciendo que me considero feminista y que los hombres no todos somos iguales, de modo que no deberían llamarnos machistas ni meternos a todos en el mismo saco, podía hacer un artículo apañado y quedar como un progre majo que reclama la auténtica paridad.

Podía hacer eso, el problema es que por mucho que diga que soy feminista no puedo serlo. Los hombres podemos ser aliados o solidarios de las mujeres, pero no feministas. Nos falta el componente existencial. Hay una clara diferencia de origen: nosotros no somos víctimas, más bien somos parte de un sistema que nos mantiene en una situación de privilegio. Así que lo de decir que somos feministas no cuela. No cuela porque es imposible y las mujeres no son tontas: a partir de la tercera o cuarta vez que lo dices saben que eres un farsante o un gilipollas.

No vale disfrazarse. Si uno tiene cierta sensibilidad acerca de la desigualdad de las mujeres tiene que darse cuenta de que la auténtica paridad va mucho más allá de equiparar los salarios y cuatro tópicos que suelen decirse para adornar los discursos. La auténtica paridad, siendo sinceros, significaría un trabajo hercúleo y desagradable para cualquier hombre de los de mi generación y me temo que para los de las generaciones posteriores. De hecho, y hablando en plata, la auténtica paridad sería una putada para cualquier hombre. Pasaría porque asumiéramos ese trabajo enorme y casi invisible que siempre hicieron y siguen haciendo las mujeres.

Eso lo sabemos, de modo que cuando nos preguntan si apoyamos la lucha de las mujeres todos, o casi todos, decimos que sí; faltaría más. Lo que no decimos es que no nos gusta limpiar la casa, no nos gusta fregar los platos y no queremos tener en la cabeza la previsión de si faltan garbanzos, no hay papel higiénico o los yogures están caducados. Lo nuestro es despreocuparnos y creer que las cosas se hacen solas. La disculpa es que no tenemos cabeza para llevar la casa. Solo la tenemos para pensar que, cada día, la comida se hace sola, la ropa se tiende mágicamente y la casa queda limpia por arte de birlibirloque.

Es difícil ser hombre en estos tiempos que corren, aunque, claro, mucho menos difícil que ser mujer. Por eso entiendo las exigencias y los reproches de las feministas. Entiendo que tienen motivos para estar cabreadas. A lo mejor, también se cabrea algún hombre por esto que digo aquí, pero acabará sonriendo y reconociendo que es verdad.

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