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Carmen Nuevo

La Espinera

Carmen Nuevo Fernández

Escritora

Sabor a mar

El cariño de quienes nos proporcionan siempre el mejor producto tras el mostrador, con la mejor de las sonrisas

Las últimas experiencias vividas nos han hecho valorar aún más a las personas, que nos han acompañado –incluso durante el confinamiento– procurándonos esos servicios esenciales, esos productos indispensables que diariamente llevamos a nuestra mesa. Y es por ello que, en este mes de mayo, quiero dedicar este artículo a Fernando y Juan, quienes en la pescadería Pescamar ubicada en Piedras Blancas, nos proporcionan siempre con la mejor de las sonrisas, detectable incluso a través de la mascarilla, el sabor a mar.

Sabor a mar, aroma de amarras, de remos salpicados por las olas, visiones de la férrea voluntad de aquel viejo de Hemingway y el mar. Siempre el mar forjándonos, haciéndonos sentir fuertes, a pesar de todas las evidencias que nos amenazan o doblegan.

Los ojos de Fernando y Juan son tan vivos, porque captan desde la luz del bote que sale al mar al amanecer hasta que en la rula los peces más brillantes se sustraen del sedal. Captan la borda de los pescadores que se la juegan en cada golpe de mar bravío, porque son intermediarios de todas esas columnas de agua, de esas profundidades oscuras en las que al anochecer se ocultan los mares.

Son testigos de heridas de salitre, de la vida salpicada con las gotas del sol, de la fuerza nublada con la que el pez en todo su movimiento y contoneo se acerca a la muerte, a esa misma muerte que otros conocieron la fatídica tarde antes de llegar al puerto. Porque a veces los anzuelos se impregnan de lágrimas imperecederas, pero aún así, día tras día cuando nadie ha salido aún de sus casas y los sueños aún no han abandonado circulares las proas, Fernando y Juan, sin sentir cansancio, asisten a esa cotidiana subasta de sabores.

Sabor a mar, quizás al último trago de ron que alguien apura presto antes de que llegue la hora, en la que partan todas la naves y soltando amarras con manos moradas por el frío…

Cuánto desconocemos, cuánto no deseamos saber a veces desde nuestra indolente comodidad de esas personas tan esenciales que lucen desde el silencio en altamar hasta el más fresco de los mostradores que no precisa salpicarse de hielo.

Sabor a mar, a lomo de pez o a dura y brillante nécora, tras haber sorteado el peligro marítimo de las manos endurecidas en contacto directo con la batiente y húmeda inmensidad o la roca.

Por ser imperecederos intermediarios resistiendo en pie: muchas gracias, Fernando y Juan.

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