Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Francisco Sánchez

Vita brevis

Francisco Sánchez

Prohibido prohibir

La proliferación de reglamentos y leyes que recortan libertades

Unos cuantos nacimos en la postguerra, cuando estaba todo destruido y el hambre campaba por sus respetos. No obstante, nuestros progenitores no se amedrentaron y resistieron heroicamente a todas las penurias, sobreviviendo personalmente a las adversidades y haciendo lo posible por la supervivencia de la especie. Ya se sabe que en épocas de crisis sociales se excitan especialmente los instintos de supervivencia personal y los de mantenimiento de la especie.

No fue muy diferente lo que ocurrió muy pocos años después, tras concluir la II Guerra Mundial. Casi toda Europa quedó como un erial, devastada por los bombardeos y las batallas. No quedó más que los instintos primarios de sobrevivir y de reproducirse, que son los fundamentos de la ética social, conforme a lo que científicamente describe Benito Espinosa en su libro “La ética demostrada al modo geométrico”.

El caso es que aquella generación, nacida tras las grandes compulsiones militares de la mitad del siglo XX, tuvo la oportunidad de conocer los epílogos de la civilización preindustrial. Así, aún conocimos burros y acémilas que cargaban con carros, carretas o cargas para transportar cosas tan elementales como la leche, que se distribuía directamente de las vaquerías a las casas del personal, que así disfrutaba de ella sin pasteurizar ni higienizar, tal cual era después de hervirla y retirarle la gruesa capa de nata que se formaba y que, luego, se guardaba con esmero para untarla en rebanadas de pan con azúcar para la merienda o se acumulaba para confeccionar mantequilla y otras exquisiteces, como galletas con las que chuparse los dedos.

Todo en aquellas postguerras era elemental, porque no había más. Pero los chiquillos europeos de entonces se criaron en abertal, correteando por los prados y por las calles, por las que escasamente circulaba algún vehículo de motor. Tras el Plan Marshall la cosa fue cambiando y la devastada Europa comenzó a levantar la cabeza, incluida España, que no fue propiamente objeto directo de ese plan, pero que obtuvo gran parte de sus ventajas tras la visita del presidente yanqui Eisenhower a Franco que, como prominente anticomunista, obtuvo el beneplácito americano en plena Guerra Fría contra el comunismo internacional, materialista y ateo. El caso es que aquella generación de cartillas de racionamiento y bocadillos de mortadela a la merienda fue la que pobló las universidades en los años sesenta, cuando a esas instituciones de enseñanza superior sólo accedían una minoría.

Fue la época de la recuperación económica de Europa, que se poblaba de turismos populares, como el Citröen dos caballos, el Volskwagen, el Austin Mini o el Fiat 600, cuya versión nativa fue el popular Seat 600, en que viajaba la familia toda de vacaciones, incluida la suegra, a los tostaderos levantinos e insulares que promocionaba el Ministro de Turismo don Manuel Fraga Iribarne. “Tenerife tiene seguro de sol”.

El caso es que aquella generación nacida en la postguerra europea se mostró levantisca con sus ancestros y, desde las universidades en las que estudiaba gracias al esfuerzo de sus progenitores, promovió una revuelta social a finales de los años sesenta, bajo el lema de “sexo, drogas y rock’n’roll”. Seguidamente de ello promovieron en la Revolución del 69 otro lema bastante consecuente, que era: “Prohibido prohibir”.

Uno recuerda aquellos tiempos ahora porque, con el pretexto de la pandemia del bicho chino, han proliferado las prohibiciones de todo signo. No hay más que reglamentos que prohíben casi todo. Es que hay hasta un ministro que quiere prohibir comer carne, que es el summum de las atrocidades contra la civilización porque, como es sabido, los simios adquirieron un mayor nivel de conocimiento desde que comenzaron a comer carne.

Ya ve usted cómo no se va a echar de menos aquel espíritu de nuestras mocedades, en que lo único que pretendíamos era prohibido prohibir. O sea, la libertad.

Compartir el artículo

stats