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Francisco Sánchez

Vita brevis

Francisco Sánchez

Vacaciones

El traslado del presidente a la Moncloa de Doñana

Se acabó lo que se daba. Llegó el final de julio y comienza el ferragosto y, con él, las merecidas vacaciones de nuestros políticos, que dejan sus sillones por un mes para orear sus curtidos cuerpos por la España de Dios o, mejor dicho, de María Santísima.

Vacaciones

El doctor Sánchez, don Pedro, se traslada a la Moncloa que hay en Doñana, que es lugar marismeño donde los haya, que por allí pasan las carretas a la romería del Rocío, con sus simpecados y sus sevillanas tocadas con flauta, tamboril y caña, para rezar el rosario de medianoche y, al concluir, dar el salto de la reja de madrugada para sacar y pasear por la aldea almonteña a la Blanca Paloma. Bueno, eso no acontece ahora, sino en primavera, que por allí hace calor, pero no la calor que ahora permite freír unos huevos al sol.

Parece ser que allí se va, como hicieron sus antecesores en el cargo, que desde Felipe González –mire “usté”–, pasando por “mi amigo Ansar”, como le llamaba el presidente Bush, hasta Zapatero y sus brujas, y don Rajoy, que depende, tienen las marismas de Doñana como lugar de retiro estival.

Y todo sospecha que se va para allá porque se han gastado una pastizara en arreglar lo que inicialmente se llamó el “coto de doña Ana”, que construyó el Duque de Medina Sidonia para su esposa doña Ana de Silva y Mendoza, hija de la princesa de Éboli, que acabó convirtiéndose en palacio.

Es este lugar de mucha prosapia, aunque ya advirtió el rey Alfonso XI, en el “Libro de la Montería”, que “non se puede correr esta tierra sinon en invierno muy seco, que non sea llovioso, e en verano non es de correr, porque es seca e muy dolentrosa”.

Pero, ya ven que esas advertencias no arredran a los sucesivos nuestros presidentes de Gobierno, que tienen la gracia de veranear en aquel tostadero. Seguramente están fascinados por las grandes cacerías y banquetes posteriores que allí organizó el Duque de Medina Sidonia, cuando era dueño de las tierras, para el rey Felipe IV y su séquito, que gozaron de gorra, porque lo pagó todo el duque. Tambièn allí se alojó el pintor Francisco de Goya, invitado por la Duquesa de Alba, donde parece que pintó los famosos cuadros de las dos majas, la vestida y la desnuda, teniendo como modelo a la propia duquesa, que era esposa viuda de otro Duque de Medina Sidonia. Y otro titular posterior de este ducado invitó a una montería en esas tierras a su prima Eugenia de Montijo, que ya estaba casada con el emperador francés Napoleón III, que de ahí viene la copla que cantaba admirablemente doña Concha Piquer: “Eugenia de Montijo, / que pena, pena, / que te vayas de España / para ser reina. / Por las luces de Francia / Granada dejas, / y las aguas del Darro / por las del Sena. / Eugenia de Montijo, / que pena, pena”

Siguen así la costumbre de utilizar las vacaciones para achicharrarse, que es cosa propia de los hiperbóreos, en los que tiene justificación, porque ansían el sol y así llenan las pilas corporales para el resto del año, en el que viven en penumbra. Pero no se entiende bien esa costumbre para los mesetarios y sureños de España, donde abunda la solanera todo el año. Así, con buen criterio, los antiguos veraneantes españoles iban a aliviarse a la fresca, en las alturas de las sierras interiores o en las costas norteñas, que de ese modo pusieron de moda San Sebastián, a donde iba la reina regente Maria Cristina a pasar el verano al palacio de Miramar. Hasta el presidente de la II República don Niceto Alcalá Zamora fue allí de veraneo. Y hasta Franco iba a San Sebastián en agosto, alojándose en el palacio de Ayete, después de pasar por el pazo de Meirás, pescar cachalotes en el yate “Azor” y salmones en el Mandeo, en el Ulla, en el Sella y en el Narcea, parando a comer guisantes con jamón en Cornellana.

Ahora que el pazo de Meirás es del Estado, el doctor Sánchez, don Pedro, podría aprovechar la memoria histórica y darse un garbeo por la fresca del Norte.

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