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Milio Mariño

Entontecidos

La frustración ante los jóvenes que presumen de saltarse las normas

Hubo un tiempo en que creímos, yo el primero, que solo era cine. Luego nos dimos cuenta de que también influía sobre nuestra conducta, los valores personales y las costumbres. Ahora sabemos que el cine, con sus películas, nos estaba preparando para muchas cosas y, entre ellas, para que pudiéramos hacer frente a cualquier catástrofe y salir airosos. Los guionistas de Hollywood trabajaron a destajo y lograron hacer películas de mil calamidades: de terremotos, huracanes, tsunamis, edificios en llamas, zombis macabros, virus asquerosos y hasta de extraterrestres feos y guapos unos ingenuos y otros malvados.

Fueron muchas las películas en las que corríamos un grave peligro y en todas acabamos triunfando. Detalle que deberíamos tener muy en cuenta pues gracias a esas películas aprendimos a enfrentarnos con situaciones difíciles y a ellas les debemos buena parte del éxito en nuestra lucha contra el covid-19.

Es evidente que durante la pandemia muchas veces reaccionamos como si hubiéramos vivido una situación parecida porque algo así ya lo habíamos visto en el cine. Pero, claro, las películas acaban cuando los protagonistas se casan o superan una desgracia. Entonces en la pantalla aparece “The End” y lo que viene luego, lo de fueron felices y comieron perdices, es cosa nuestra. Acabada la película, cada cual gestiona la felicidad de los protagonistas como mejor sabe y puede. Debería ser la parte más fácil. Celebrar el triunfo sobre cualquier desgracia no tendría que ser un problema. Pero lo es. Es justo en lo que fallamos.

Lo vemos en esas otras películas que nos pasan en los telediarios a la hora de la cena. Borracheras, botellones, peleas en plan salvaje y la policía pidiendo ayuda porque no puede con la cantidad de gente que hace el tonto en la calle como si no hubiera un mañana. ¿Qué está pasando? ¿Acaso hay miles y miles de tontos y no nos habíamos dado cuenta? No lo creo.

Los tontos de verdad no se dedican a emborracharse y liarla parda, bastante tienen con lo suyo. Éstos, los de los botellones y las borracheras en plan gamberro, que se abrazan para celebrar que acaban de conocerse y beben a morro diez por la misma botella, son tontos entontecidos. Una categoría que descubrió ese genio de la medicina que fue Santiago Ramón y Cajal.

El Nobel español definió como entontecidos a quienes no quieren usar el cerebro, a los listos que hacen el gilipollas porque dicen que es lo que les pide el cuerpo. No es muy alentadora la imagen que está dando la juventud. Uno no puede ocultar la frustración y la pena cuando contempla a esos miles y miles de jóvenes que presumen de saltarse las normas básicas sanitarias y desafían a la autoridad convirtiéndose en una marabunta vandálica que clama por una libertad que consiste en ponerse ciego a copas y hacer el tonto en la calle.

Ahí es nada la diferencia con otros tiempos, vaya una libertad que reclaman, ahora, los jóvenes. De acuerdo que no son todos, pero lo que muchos jóvenes entienden por libertad es salir de juerga, beber y montar una bronca.

Alguien debería decirles que eso no es libertad, que la libertad hay que defenderla por encima de todo, pero que emborracharse y hacer el tonto en la calle no es defendible porque no tiene que ver con la libertad para nada. Tiene que ver con la tontería de unos cuantos entontecidos.

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