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Francisco Sánchez

Vita brevis

Francisco Sánchez

Día de la Hispanidad

Corrientes de opinión contrarias a ensalzar las glorias hispanas en América y otras acciones

Antes de que los españoles fuéramos europeos, porque no pertenecíamos al complejo burocrático de Bruselas, el curso escolar comenzaba a primeros de octubre. Hasta entonces los chiquillos gozaban de sus vacaciones veraniegas, porque no había necesidad de depositarlos mientras los padres iban al trabajo o a sus cosas. Podían holgar por las calles en abertal hasta la hora de comer o la de merendar el bocadillo de mortadela, de queso con membrillo o de chocolate terroso.

Día de la Hispanidad

Solía empezar el curso el día 8 de octubre, más o menos, pero en seguida se contaba con la festividad del día 12, que primero fue el Día de la Raza, hasta que el cura Zacarías de Vizcarra propuso desde Buenos Aires sustituirlo por el nombre de Día de la Hispanidad. Esta idea fue fervorosamente defendida por el arzobispo de Toledo, Isidro Gomá, y por Ramiro de Maeztu, en plena República. Por fin, sería en el año 1958 cuando Franco se avino a promulgar un decreto bautizando al 12 de octubre como Día de la Hispanidad. Tras la Constitución se amplió su nombre como Fiesta Nacional de España y Día de la Hispanidad, quedando por una ley de 1987 y hasta ahora simplemente como Fiesta Nacional de España.

Se celebra ese día la Virgen del Pilar a jota limpia, que es cuando algunos desalmados pueden aprovechar para hacer pequeños desmanes porque el Benemérito Instituto de la Guardia Civil se viste de charol lucido para festejar a su patrona. Pero sabrá de sobra el avisado lector que no es esa la razón de que sea la Fiesta Nacional de España, sino la de conmemorar la gran gesta histórica española del descubrimiento de América que, sin saberlo, emprendió Cristóbal Colón. Lo recoge el párrafo segundo de la letra que compuso José María Pemán en 1928 para el himno nacional, diciendo: “Gloria a la patria / que supo seguir / sobre el azul del mar / el caminar del sol.” Bien podrían hacer esa letra oficial, que es tan aséptica como la Fiesta de la Hispanidad y así habría algo que cantar al principio de los partidos de la selección nacional, en lugar de que se queden los futbolistas tiesos como pasmarotes.

Me dirá usted que ahora circula una corriente de opinión contraria a ensalzar las glorias hispanas en América. Y es cierto que pulula por ahí un indigenismo tonto del culo, del que se ha hecho eco en parte hasta el papa Jorge, que le envió un mensaje pidiendo perdón al presidente de Méjico, López Obrador, que es nieto de asturianos y cántabros, por las culpas y errores en la cristianización de esa tierra. Parece ser que hay que pedir perdón porque Hernán Cortés acabara con el imperio azteca, con la imprescindible ayuda del resto de los indios de la zona, que estaban hasta el gorro de que los felices aztecas les arrancaran el corazón de cuajo. Pues, mire, gracias a eso la inmensa mayoría de los habitantes de Méjico son zapotecas, mixtecos y otra serie de descendientes de indígenas o mestizos, como en toda Sudamérica.

Claro, los españoles tenemos que pedir perdón por la conquista de América, porque lo dice la “Leyenda Negra”, que escribieron los ingleses y los holandeses. No como ellos que fueron ejemplares, bajo el lema del general Sheridan, que proclamó: “El único indio bueno es el indio muerto”. No dejaron ni uno para hacer de extra en las películas de vaqueros.

Pues, pidamos perdón por haber llevado a América el café y la caña de azúcar, la vid, las cebollas y las naranjas, los caballos y los burros, las vacas, las gallinas, las ovejas y los cerdos. ¡Qué felices estarían los indígenas sin esas plantas y esos bichejos! Igual que sin ruedas, sin alfabeto y sin partituras, La verdad es que no se sabe para qué querían tener catedrales, universidades, teatros y bibliotecas, ni tocar la guitarra o cantar en gregoriano. Y mucho menos que nada querrían hablar en español, en lugar de las mil jerigonzas que parloteaban. Así que perdón, hombre, perdón.

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