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Saúl Fernández

Crítica / Música

Saúl Fernández

La respiración y la sorpresa

El festival “Fifty-Fifty” marida poesía y jazz con aplausos en el Palacio Valdés y Factoría Cultural

La respiración de Jorge Pardo y la sorpresa matutina de Viktorija Pilatovic atrapan. Pardo, mientras se acompasa a los versos de Benjamín Prado, y la lituana, buscándose a mediodía sobre el escenario de la Factoría Cultural. “Buenos días… Iba a decir buenas noches”, dijo la cantante con una gran sonrisa, un poco antes de iniciar el resumen de su carrera musical junto a Albert Palau (piano), Ales Cesarini (contrabajo), Mariano Steimberg (batería) y Víctor Jiménez, un saxofonista que entró y salió del escenario dependiendo del tema que la profesora del campus valenciano de Berklee interpretaba. Cuando su falta ya iba siendo larga Pilatovic bromeó: “¿Qué estuviste haciendo ahí dentro?” “Ahí dentro” están los camerinos de la Factoría y se escuchaba más que requetebién la voz mágica de la cantante, tan mágica como para desprender del oyente la sensación matutina de un concierto verdaderamente nocturno. El jazz exige un copazo y una nube de humo azul sobre el cráneo. O eso es lo que me había parecido hasta ayer a mediodía. Pilatovic me sacó el prejuicio de la cabeza: lo único que exige el jazz es premeditación. Luego viene la magia. Pongamos que la del saxofón de Jiménez y ya está todo hecho. Ayer me devolvieron las ganas de ser un músico de bar humeante rendido por una mujer, como el que se desgañita en “Piano man”, de Billy Joel. Pilatovic, créanme, hace que el mediodía se convierta en medianoche y sin ser el sol, sólo con esa voz suya que unas veces extrae versos como de la nada y otras la asemeja a una trompeta a la manera de Bob Stoloff. Scat y reencanto. Una delicia.

Eso fue ayer, en la tercera jornada del benémerito festival Fifty-fifty de Avilés: poesía y música. Un poco de cada. El viernes por la noche, el patio de butacas del teatro Palacio Valdés se llenó de devotos del flautista Jorge Pardo o de los versos de Benjamín Prado. Los organizadores llamaron al espectáculo “Prado con Pardo”, pero sólo por jugar con la paranomasia. Porque también estuvieron sobre la escena Ton Risco (vibráfono), Dani Domínguez (batería), Melón Jiménez (guitarra) y Víctor Merlo (bajo). ¿Los músicos hacían resonar los versos metafóricos de Prado o quizá era el poeta quien explicaba la música de sus compañeros de espectáculo? La respuesta la dio Jorge Pardo cuando interpretó un monumental solo con su flauta amplificada mientras Prado decía lo que decía.

La respiración de Prado entre nota y nota recordaban a las grabaciones de Glenn Gould cuando intercambiaba su vida con las notas de las “Variaciones Goldberg” de Bach.

Jorge Pardo incorporó su respiración a las notas de su flauta y Prado no tuvo más remedio que quedar rebañando el sensacional momento del flautista sobre las tablas avilesinas. El teatro se vino arriba y los organizadores de Fifty-Fifty tocaron el cielo. Últimamente, vivir en una ciudad a las afueras de las afueras compensa. Claro que compensa.

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