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Javier Gancedo

Concejo de Bildeo: Crónicas del municipio imposible

Javier Gancedo

La crema

Sobre los riesgos de la farmacología casera

De nuestro corresponsal, Falcatrúas

Manolón Fardel no cansa de acaparar protagonismo en el pueblo. Él trata de ser discreto, pero las intimidades que deberían quedar en casa, va su mujer y las pregona al alto la lleva, dejando en mal lugar al probe paisano. Hace poco, Manolón apenas podía caminar, debido a unas rozaduras en la zona inguinal, cara interna de sus muslos, partes colgantes y bajos traseros aledaños, que le escocían lo que no está escrito en cuanto se movía. El hombrón se sentía ridículo, él, capaz de levantar un xato de 200 kilos…. Bueno, quitemos algunos kilos de xato para compensar aquellos que se habían adosado a su barriga en forma de fuelle y que le estorbaban para acertar a meter los pies en las madreñas.

Antes de solicitar consulta con Don Cheluís, el médico que viene dos días por semana al consultorio del pueblo a mirar por la salud de los parroquianos, reclamó la atención de su señora esposa, la Fardelona.

–Tengo unas rozaduras que no soy a dar un paso.

-–A ver… Huy, eso tiéneslo muy mal, eres un dejao, Manolo, no sé qué voy fer (hacer) contigo.

–Iré al médico, a que me dé algo.

–Ponte una crema que hay en la cocina, te aliviará. Yo tengo que ir a la furgoneta del pescadero, porque si tardo no me queda más que el pescado añejo.

Manolón anduvo esparnancao (piernas abiertas) hasta llegar a la cocina, resoplando y echando jaculatorias; desde la puerta oteó los horizontes, a diferentes alturas, en redondo… Nada, ni rastro de crema ni Cristo que la fundó.

Abrió la nevera, que era lo que tenía más a mano y su rostro se iluminó, en parte por la luz del frigorífico y en parte por un recipiente de plástico transparente con algo cremoso dentro. Allí mismo dejó caer el pantalón, el calzoncillo largo de felpa y, sin más dilación, se dio unas manos de aquel remedio milagroso, cuya frialdad alivió inmediatamente la irritación de sus partes nobles, aunque nadie explica por qué son nobles, un buen tema a debatir en el Parlamento, la nobleza de los atributos masculinos, por si hubiera que modificar algo en el lenguaje exclusivo, tan de actualidad.

Nuestro hombre, a trancas y barrancas pudo atender el ganado, pero con cara de gran sufrimiento. Pepe Toraza y Ramón el Tumbao saludaron a su vecino:

–Coño, Manolón, no se te ve el pelo últimamente, para un poco de trabayar y ven a tomar un vasín en Cá Francisco.

Manolón dudó un momento pero acabó acompañándolos, a sabiendas de sus chanzas, eran incorregibles, pero estaba agobiado por las rozaduras, cansado de trabajar y más cerca de tirarse al río que de otra cosa, y ¡qué carajo!, un vaso de vino bien hablado sabe mejor. Viéndolo caminar tan lamentablemente, ni que tuviera almorranas como nueces, sus dos compañeros metieron el dedo en la llaga:

–Tengo la collonada en carne viva, con unas rozaduras que no puedo ni caminar.

–A ver.

–Iros al carajo. Voy a tomar un vaso vino porque no me aguanto, pero no me toquéis las cosas de nacer.

Llegados a la bodega de Francisco el Taberneiro, se sentaron fuera, al tiempo que salía el chigrero con una jarra y unos vasos. Mal que bien, Manolón fue aguantando sin ir a peor. En esto que Ramón se fijó en una carrera de hormigas que tenían el hormiguero bajo tierra, iban en procesión a las perneras de Manolón y subían a raudales por ambas piernas, por dentro y por fuera en una escalada incontable.

–Manolón, tienes el pantalón mojao y tan subiéndote unas oleadas de formigas por las patas arriba. ¿Cagástete nin?

–Ya una crema que me mandó poner la muyer y arróyame algo.

–¿Qué te arroya?

El perruco faldero que tenía Francisco se acercó y empezó a lamer la pernera del pantalón de Manolón, que a cada momento se sentía más arrepentido de estar allí.

–Oye, Manolón, esa crema debe ser dulce, porque el perro ta cogiendo afición.

Pasaron en aquel momento varias mujeres con el pescado que habían comprado al furgonetero sandunguero. Pepe Torazo llamó a la mujer de Manolón.

–María, ven acá un momento, haz el favor, que tu marido tiene un problema.

Manolón se encogió (más) en el asiento, pero la tierra no lo acabó de tragar. María se le quedó mirando con gran asombro:

–¿Pero qué te baja por los pantalones?

–La dichosa crema que me mandaste echar. Ahora, además del escozor de la rozadura, van cómeme las formigas.

–¿Qué crema echaste?

–La que tenías en la nevera.

–¡Esa era crema pastelera, animal!

Corramos un estúpido velo.

Seguiremos informando.

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