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Marisol Delgado

Mente sana

Marisol Delgado

Adicciones en tiempos de rebajas

Las compras compulsivas, un problema en alza

Seguro guardan en la retina esa televisiva escena, ahora ya totalmente desfasada, en la que numerosas personas proceden a entrar en un centro comercial –cual ñus cruzando el río Mara– dándose una buena tunda de codazos y empujones con el fin de conseguir pillar las mejores rebajas.

No es que buscar ofertas sea en sí mismo una adicción, pero la presencia de precios rebajados puede suponer para algunas personas un estímulo al que puede resultar muy difícil resistirse. Por aclarar, al hablar de compra compulsiva (oniomanía) se hace referencia a la presencia de una ansiedad creciente e irrefrenable ante el hecho de comprar, a la pérdida repentina de interés en cuanto se adquiere lo que tanto se anhelaba, al acumulamiento de bienes no necesarios, al desbordamiento de la capacidad económica de la persona (pudiendo llegar al sobreendeudamiento), a la cronificación de la insatisfacción y la culpa o a que la conducta de comprar se convierta en una necesidad en sí misma.

Un estudio de la Universidad de Granada afirma que el número de personas adictas a las compras va en aumento. Hablan de una de cada diez, aunque seguramente la cifra sea mayor, al no percibirse, en muchas ocasiones, como un problema. Francisca López Torrecillas, catedrática del departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento psicológico de dicha Universidad, equipara las compras compulsivas con el juego patológico o el abuso de dispositivos móviles en cuanto a los efectos comunes que comparten: tolerancia, síndrome de abstinencia, pérdida de control, así como la necesidad irrefrenable de llevar a cabo la conducta.

Se trataría de una adicción conductual, que no deviene de un consumo de sustancias, y cuya detección es muy complicada debido a la normalización generalizada de este tipo de conducta en el medio social. Una adicción relacionada, tanto con factores de personalidad (impulsividad, baja autoestima, excesiva credulidad o escasas habilidades sociales), como con la sociedad de consumo que nos presenta un mundo en el que el bienestar y el éxito social dependen en gran medida, no de lo que uno es, sino de lo que uno tiene.

Asimismo, parece que hay evidencias del estrecho vínculo entre el aumento de este problema y muchas de las características inherentes al comercio actual: la consolidación de los sistemas de pago en diferido, el encadenamiento sin fin de campañas comerciales, los días de culto al consumo (Viernes Negro, Ciberlunes, etc.) y, sobremanera, la aparición del fenómeno de las compras a través de internet, en meteórico ascenso por el tema de la pandemia. Una modalidad, la digital, que permite comprar a cualquier hora, con un fácil y rápido clic, en la que la gratificación es inmediata y en la que el anonimato protege. Quienes trabajan en el sector del comercio observan precisamente el brutal incremento de devoluciones en estas fechas, fruto de este modelo de compra rápida e impulsiva.

No nos vendría mal como sociedad ser conscientes de las consecuencias que se derivan de todo esto. Serían necesarias más campañas de prevención, por ejemplo. Ayudaría, además, que, desde las familias y otros agentes sociales, se eduque en una mayor conciencia crítica y en modos de consumo más responsables, sensatos y controlados. Acudir a comercios de confianza, hacer previamente un listado de lo que realmente necesitamos, no comprar en momentos emocionalmente complicados, llevar el dinero justo o poner un saldo limitado en la tarjeta de crédito…, podrían resultar estrategias eficaces.

Y, en todo caso, siempre nos quedarán las “Rebajas de enero” de un tal Sabina.

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