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Saúl Fernández

Crítica / Teatro

Saúl Fernández

Desasosiego y risas enlatadas

Daniel Veronese reinventa a Harold Pinter en el estreno de "Retorno al hogar"

El crítico norteamericano John Henry Lahr –que estuvo en la nómina de "The New Yorker" un montón de años– fue el primero en leer "Retorno al hogar", el drama que el dramaturgo Harold Pinter acababa de escribir. Estamos en 1964 y el escritor todavía no tiene el premio Nobel, ni tampoco da nombre a un teatro al pie de Piccadilly. Pinter dice que le dejó leer el libreto, que se retiró a una habitación. A las dos horas, escuchó un portazo: Lahr se había ido de casa. Volvió al rato: "Tenía que tomar aire", declaró. Y eso, justamente, pasó antes de anoche en el teatro Palacio Valdés, en Avilés, en el estreno nacional de lo último de Daniel Veronese. Pinter desasosiega al principio, pero luego acomoda el pensamiento. Y es que sobrecoge lo que sucede en esa casa del norte de Londres donde vive Max (Miguel Rellán) con dos de sus hijos (Fran Perea y David Castillo) y su hermano Sam (Alfonso Lara). Y sobrecoge mucho.

"Retorno al hogar" es un clásico del siglo XX. Los historiadores lo colocan en el movimiento postatómico del teatro del Absurdo: el mundo se destruye y empieza a hacerlo en tu propia casa. Pero Daniel Veronese, el director argentino que empezó a renovar la escena española hace quince años, retuerce el clásico. Jorge Luis Borges escribió en "Argumentum ornithologicum": "Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros". Y lo hace para probar la existencia de Dios. Eso que no ve, pero que dice que ve. La primera frase de "Retorno al hogar" es la que pronuncia Sam: "Se sube el telón". Y lo que sucede a continuación, que parece real, es una fábula exigente sobre la realidad contante y sonante y sobre la imaginación cortante y sangrante. Así uno se pregunta qué sucedió entre Lenny y Max en la infancia (¿algún episodio pedófilo?), entre Sam y Jessie (la mujer-madre de este clan de desarraigados), entre Ruth y Teddy (¿son de verdad marido y mujer?)

Este desconcierto que incomoda a los espectadores es el desconcierto que se vio en "El cuidador", en "Invernadero" o hasta en "Traición", que son otros Pinter que pasaron últimamente por el Palacio Valdés.

La novedad que aporta Veronese a este clásico está en la aplicación de las medidas de distanciamiento que inventó Brecht (esto que estás viendo es teatro) que agravan más el desasosiego que aplica Pinter a sus criaturas. Eso es lo que sucede con las risas enlatadas que arrancan risas a los espectadores y, a la vez, preguntas como clavos en el público que se ríe. Esa violencia fría que caracteriza las relaciones en esa familia desquebrajada no deben producir hilaridad.

En Avilés, "Retorno al hogar" consiguió el aplauso de los espectadores. E incluso cierto entusiasmo. Lograr el desasosiego no es asunto para redobles de tambor.

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