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Milio Mariño

Septiembre no existe

El bombardeo de malas noticias y la pérdida de la perspectiva de la realidad

No arranqué ni pienso arrancar la hoja del calendario. He decidido quedarme en agosto y en agosto me quedo; igual, hasta Navidad. Hasta que la alegría y la música de esos días se impongan al coro de malas noticias y casi ninguna buena. Ya saben: fuerte subida de los precios, incendios, robos, asesinatos, el virus del murciélago, la viruela del mono y manadas de jabalíes que vuelven a pasear por el barrio después de haber veraneado en los montes cercanos.

Nada nuevo por más que digan que ha llegado septiembre y todo se ha puesto peor. Ninguna novedad, por suerte, ya que si esas noticias las leyéramos por primera vez pensaríamos que está próximo el fin del mundo. Pero ya las hemos leído otras veces y sabíamos que estaban ahí, esperando el final del verano. De modo que pueden ahorrarse el vicio de amenazarnos. Hace tiempo que remediar el dolor, sea cual sea su procedencia, está al alcance de más personas.

Lo que dicen que puede pasar es posible que pase, pero siempre tendrá mejor solución de la que tuvo hace años. Sobre todo si nos remontamos a otras épocas y otros siglos. Por eso, que de miedo nada, vivimos mejor que nunca aunque algunos se empeñen en decir lo contrario.

Para convencernos, el argumento es que hay personas que viven mal o muy mal. Y, es cierto, sería absurdo negarlo. Constituyen una realidad incuestionable, pero si solo nos fijamos en ellas hacemos trampa. Perdemos la perspectiva; nos olvidamos de cómo se vivía antes y como se vive ahora y eso tampoco sería justo. El análisis debería hacerse al margen del derrotismo a ultranza y el optimismo ingenuo. Partiendo de una visión realista que nos permita gestionar las ventajas de la situación actual y no perdernos en deseos y ambiciones frustrantes.

Lo que intento decir es que si damos todo el protagonismo a las malas noticias aportamos la dosis de idiotez necesaria para crear una indignación y un malestar que nos impedirán ver las cosas como realmente son. Seremos títeres del perverso juego de la perspectiva única y llegaremos a conclusiones falsas. El mundo, ciertamente, no es perfecto y ni siquiera hace falta defender que vaya bien, pero la gente vive mejor que nunca. Circunstancia que, si bien no debería llevarnos a la complacencia absoluta, tampoco al derrotismo que algunos intentan.

Seguramente somos más pesimistas porque vivimos mejor. No tenemos mucha fe en el progreso y evitamos la reflexión y el análisis de cómo se vivía hace poco. El recuerdo de un pasado peor no interesa. Nos hemos acostumbrado a obtenerlo todo tan rápido y casi sin esfuerzo que cualquier obstáculo parece insalvable.

Este otoño posiblemente tengamos problemas, pero no comparto la versión catastrofista que se empeñan en transmitirnos quienes en vez de arrimar el hombro solo critican. El futuro no se presenta muy halagüeño, pero si gobernaran los que dicen que España está al borde del precipicio y solo ellos podrían salvarnos, seguro que no tendríamos un horizonte mejor.

Entenderán ahora por qué he decidido quedarme en agosto hasta que llegue Navidad. Septiembre, como retroceso social a los tiempos de la penuria y el frío, no existe. Es un invento de quienes se empeñan en fastidiarnos pronosticando desgracias al por mayor. Estamos donde estábamos, ni mejor ni peor que hace treinta días. El sol posiblemente caliente menos, pero tampoco hace frío.

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