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Milio Mariño

Todos los Santos antes que Halloween

La importación de una tradición estadounidense sin arraigo alguno en Europa y la banalización de la muerte hasta extremos grotescos

La semana grande de festejos del otoño culminará esta noche con la gran verbena de Halloween y la celebración, mañana, del día de Todos los Santos, que es fiesta para nosotros y un día cualquiera para los muertos porque cabe suponer que en el otro mundo no se trabaja. Si no, vaya chollo. Será, imagino, como cuando nos jubilamos, pero sin limitaciones de ningún tipo; sin padecer ningún achaque ni preocuparnos por la subida de las pensiones.

Comento lo de Halloween porque a fuerza de mucho insistir en los medios, en la prensa, la radio, la televisión y hasta en los colegios, ha ido ganando terreno que la gente aproveche los días previos y el mismo día de Todos los Santos para disfrazarse de alma en pena, salir de fiesta y hacer bromas macabras. Nada que ver con lo que teníamos por costumbre, que era dedicar esta festividad al reencuentro con los difuntos, visitar los cementerios, adecentar las tumbas y llevar flores. Eso hacíamos; las bromas y los disfraces los dejábamos para carnaval. Nunca, hasta hace poco, se nos había ocurrido bromear con la muerte y, menos aún, invocarla con alusiones a lo grotesco, lo repulsivo y lo terrorífico.

Los promotores de Halloween echan la culpa a los celtas, quienes, el parecer, creían que el día primero de noviembre las almas de los muertos volvían a sus hogares y por eso los que vivían allí se disfrazaban, para evitar ser reconocidos por ellos. Algo de eso había, pero tergiversan las tradiciones. Aunque los celtas celebraban con pena el final del verano, el Samhain, que así se llamaba, no tenía nada que ver con este invento que importamos de Estados Unidos, como también importamos a Papa Noel en detrimento de los Reyes Magos. Halloween, tiene tanto de tradición nuestra como lo tendría para los americanos que organizaran una corrida de toros en Nueva York o la Tomatina de Buñol en Chicago.

Jugar a ser almas en pena y hacer coña de la muerte, disfrazándonos de zombis o de esqueletos, puede parecer un plan divertido para este puente festivo que enlaza octubre con noviembre, pero solo es revelador del estado de cosas al que hemos llegado. Ver a tu vecino dando saltos de alegría con un hacha de mentira incrustada en la cabeza es para salir despavorido y pensar, muy seriamente, que se nos ha ido la olla en cuanto a diversiones y motivos para disfrutar se refiere.

Supongo que serán muchos los que no estén de acuerdo porque son también muchos los que aseguran que reírse de la muerte, o sacarla de fiesta unas horas, es un buen mecanismo de defensa que puede resultar muy beneficioso para el estado de ánimo. Dicen que sólo así podremos sobrellevar lo peor de la vida, que es el miedo a morir.

Si se trata de eso, no pongo en duda que reírse sea bueno, pero anda que no tiene noches el año como para hacerlo la víspera de Todos los Santos, que es cuando el silencio está lleno de voces confusas, crujidos que provocan escalofríos, suspiros que nos ahogan y estremecimientos que nos dejan temblando porque anuncian la presencia aterradora de algo que no se ve, pero cuya aproximación se nota.

No pretendo aguarles la fiesta. El párrafo anterior solo recuerda lo que puede suceder esta noche. Vuelvan a leerlo y, si todavía se atreven, ríanse lo que quieran.

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