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Marisol Delgado

Nadie se acordará de ti cuando hayas muerto

Una reflexión sobre la soledad

En mi desempeño profesional trato a menudo con personas que viven solas. Algunas, por decisión propia. Otras, porque la vida decide por ellas. Es en este último caso cuando la soledad se vuelve más puñetera, cuando el malestar emocional que ocasiona puede desembocar en ansiedad, en estrés, en depresión, en problemas físicos o en relaciones tóxicas con las que se intentan paliar las carencias.

En las sociedades industrializadas, esas en las que el individualismo y la deshumanización nos han ido envolviendo sin apenas darnos cuenta, la soledad impuesta supone una verdadera epidemia. Tanta que, hasta algunos países, como Japón y Gran Bretaña, han creado expresamente ministerios para abordar el problema. No sé si aún seguirá, pero, en Bilbao llegaron a colocar una hiperrealista estatua de una vecina para mostrar esa soledad no buscada.

En Asturias, no andamos mejor. Según el INE (Instituto Nacional de Estadística) alrededor de 140.000 personas de nuestra región viven solas. Demasiadas. A la mayoría seguro que le gustaría sentirse más acompañada. Aquí no se lleva lo de vivir como las Chicas de Oro y es una verdadera pena.

A primeros de este pasado mes de octubre encontraron a una mujer que llevaba varios años fallecida en su casa de Luanco. No es la primera vez que algo así ocurre. Imagino que tampoco será la última.

Y no puedo dejar de pensar en su vida sola, en su muerte sola…

¿Decidió ella que ocurriera así?

¿O fue que no le quedó otra?

Quizá su salud mental no era muy buena.

Quizá no se desenvolvía bien en contextos sociales.

Quizá sufrió desengaños y decepciones que le señalaron el aislamiento como mecanismo de defensa.

Se dijo que había sido durante años cuidadora familiar. Quizá fue lo que influyó. Sería una más…, una de tantas que hipoteca su salud, sus relaciones, sus necesidades, sus ilusiones, su vida…

Sea como sea, en cuatro años nadie la echó de menos.

Hasta ahora, a lo largo de casi mil quinientos días, nadie de su familia, ni de sus amistades, ni de sus excompañeros o excompañeras de escuela, ni nadie de su vecindad, tuvo la necesidad o el deseo de verla, llamarla, felicitarla o pedirle, si acaso, un poquito de sal.

La escritora y maestra Emma Lobato dice en uno de sus poemas:

«Un día

cuando nuestros afanes y desvelos se hayan terminado,

cuando se detenga el mecánico balanceo,

habrá quien nos evoque.

Cuando todo lo nuestro

carezca de importancia

y se acaben los lamentos de rigor

habrá quien nos sueñe.

Habrá quizá

Quien extienda su amor

Hasta la noche blanca,

hasta la ausencia»

Es terrible que en pleno siglo XXI, en una sociedad tan interconectada como la nuestra, haya gente que se muera sola, sin nadie que la evoque, sin nadie que la sueñe, sin nadie que extienda su amor hasta la noche blanca, hasta la ausencia…

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