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Saúl Fernández

Crítica / Teatro

Saúl Fernández

Pacífico Pérez, perfecto

Estreno con aclamación en Avilés del montaje de la temporada, "Las guerras de nuestros antepasados"

En "La guerra de nuestros antepasados" todo es extraordinario. El trabajo interpretativo de Carmelo Gómez –verdaderamente estratosférico–, y el de Miguel Hermoso. Y el de Claudio Tolcachir, el director de una fiesta trágica sostenida sobre un texto –de Miguel Delibes– verdaderamente acongojante. "La guerra de nuestros antepasado" es el espectáculo de la temporada. Y se estrenó antes de anoche –con segunda sesión en sábado– en el teatro Palacio Valdés, que es el odeón que lleva treinta años estrenándolo casi todo. Hasta ahora: casi doscientas cincuenta veces. Desde 1992, que fue cuando reabrió sus puertas.

"Las guerras de nuestros antepasados" es la novela más teatral de cuantas escribió Delibes: lo hizo de forma dialogada. La publicó en 1975. Ya había salido "Cinco horas con Mario", que es su otra novela "teatral", aunque sea porque se presenta, casi toda, como si fuera un monólogo interior. Luego están "Señora de rojo sobre fondo gris": otro monólogo. Y "Los santos inocentes", una novela traspasada a la escena así como por encima.

Lo extraordinario de "Las guerras de nuestros antepasados" está en la combinación del sentido trágico de la vida y del deseo de ruptura con el porvenir sin remisión. Y esta combinación la hace Delibes creando a un personaje gigante en su tristeza: víctima de una familia de traumados por las guerras sucesivas y por el pasado pedregoso. La guerra de uno tiene que llegar para poder ser de verdad el que hay que ser: un psicópata rodeado de psicópatas.

Toda esta combinación señalada por Delibes (y subrayada por Eduardo Galán, el autor de la versión) se hace verdad de la mano de Carmelo Gómez: si no gana el próximo "Max" será porque los que votan no lo han visto sobre la escena.

Carmelo Gómez, sobre la escena, no es Carmelo Gómez haciendo de Pacífico Pérez; Carmelo Gómez, sobre la escena, es Pacífico Pérez, el ultrasensible, el hombre apartado del mundo por los violentos que le han educado y que encuentra el mundo cuando llega a prisión. Miguel Hermoso (el doctor Burgueño) le dice que desde que llegó a prisión "se ha ido enterrando", pero no es verdad: se ha ido desenterrando de ese agujero en el que le habían metido los otros.

Y todo esto, además, sobre una escenografía de piezas movibles (Mónica Boromello) que son el encierro del alma de una criatura tan inocente como la milana bonita que se carga el señorito Iván. Una fiesta que dirige de manera perfecta Claudio Tolcachir, que vuelve a Avilés con un estreno nacional (el último había sido "La máquina Turing"). Y un diseño de iluminación (de Juan Gómez Cornejo) que es el único posible para explicar quién ese es Pacífico Pérez que ha invadido el alma de Carmelo Gómez (y la de los espectadores) para siempre.

Inigualable. En Avilés los dos actores hubieran podido salir a hombros si no fuéramos público tan comedido.

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