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Covadonga Jiménez

balcón al muelle

Covadonga Jiménez

Responsabilidad hasta el último tuit

El buen uso de la información y el respeto a la deontología profesional ante hechos incomprensibles y trágicos

Impotencia, frustración, rabia, tristeza... El maremagnum emocional con el que amanecimos esta víspera de Nochebuena en Avilés tras conocer la muerte de una joven vecina de 32 años en extrañas circunstancias ha teñido de luto la ciudad. Cuesta comprender y reaccionar.

Un tuit de la Delegación del Gobierno Contra la Violencia de Género a las 9.06 de la mañana informaba de la investigación de un asesinato por presunta violencia de género. Tres horas después, por la misma vía, llegaba una nueva comunicación: "Confirmamos el asesinato de una mujer en Avilés". Eran las doce y cuatro minutos.

Los decálogos acerca de cómo informar sobre la violencia machista aconsejan consultar todas las fuentes, priorizando fuentes policiales y de la investigación. Y ninguna de ellas en las tres horas que mediaron entre el primer y el segundo tuit, incluso a posteriori confirmaron al cien por ciento los hechos. La investigación continúa abierta y cuesta comprender todo.

Responsabilidad hasta el último tuit

Sé que no es fácil entender, como narraba hace escasas fechas la psicóloga Marisol Delgado en estas mismas páginas, cuando una mujer mantiene una actitud empática hacia quien la puede estar dañando. Y surgen las dudas. Buscar motivos a la actuación de un presunto agresor. Dar motivos sobre una posible actuación criminal. Dar por sentado que fue así... Si ella estaba con él porque era alguien a quien quería o que ha querido durante sus cortos 32 años de vida.

Si había una situación de maltrato que pudo haber minado su capacidad de decisión es algo que deberán concretar las investigaciones en marcha. Nadie tiene derecho, desde el lugar que ocupe y desde las labores que le correspondan a romper una familia, a exponer a inocentes, a revelar situaciones personales límite ni a realizar sentencias condenatorias por adelantado sin mediar sentencia judicial.

Me ha disgustado tanto el modo de contar esta muerte que he vuelto a consultar los manuales sobre cómo dar este tipo de noticias sin perpetuar estereotipos. Contar solo lo que es posible y necesario. Y ante el asombro general por lo que ha ocurrido conviene realizar un tratamiento más sosegado sobre los hechos, más allá de la política del tuit en asuntos tan sensibles.

No son buenos compañeros prejuzgar ni dar recetas por adelantado. Solo el verdadero conocimiento de los hechos permitirá colocar en su lugar lo que ha sucedido. Respetando los procesos y tiempos de todas las partes. Sigamos, pues, camino de la reinvención de la humanidad.

Para informar bien hay que conocer el problema y utilizar con precisión el lenguaje, señalan los mismos manuales.

En las normas de redacción periodística se insiste en la necesidad de dar prioridad a las fuentes policiales y de la investigación, antes de cualquier valoración prematura. Y ojo con los prejuicios de ciertas fuentes [oficiales]: hay que detectarlos y no difundirlos. Una tarea, en ocasiones, harto complicado en la profesión periodística.

Que nada nos ciegue en aras de evitar la máxima del rigor en redacción periodística: hechos claros, sucintos y contrastados. Cuando en la calle comienzan a regodearse con los detalles morbosos, el periodista ha de fijarse en no perjudicar el derecho a la intimidad de la víctima y familiares. Esa es nuestra labor. No formular juicios de valor. Que los investigadores fijen el curso de la responsabilidad de los hechos. Siempre. Aunque duela. Aunque sintamos que sabemos qué hay detrás.

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