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Opinión

Pablo Martínez Corral

Vacaciones en la Villa

San Agustín como barómetro real de ocupación para quienes disfrutamos del descanso estival en casa

Una de las atracciones de la pista de La Exposición, estas fiestas. | Ricardo Solís

Una de las atracciones de la pista de La Exposición, estas fiestas. | Ricardo Solís / Pablo Martínez Corral

Hace unos años, en la era prepandemia, un grupo de amigos pusimos en práctica un lema, vacaciones en la villa. Era una especie de vacaciones "low cost" sin movernos de nuestro ámbito de confort. Se trataba aprovechar y sacarle todo el rendimiento a la ciudad, verla con ojos de turista y disfrutar de todo lo que ofrecía. Extranjeros en nuestra propia ciudad. En verdad todas las noches intentábamos sacarle lo positivo a nuestro lema y nos autoconvencíamos de que estábamos en el mejor viaje del verano. ¿Quién quería irse a la costa del Sol teniendo las aguas frías del Cantábrico? Nos ahorrábamos los sofocones veraniegos disfrutando de nuestro entorno paradisíaco, rara vez íbamos más allá de Verdicio.

Pues bien, ahora que Asturias se ha puesto de moda, nuestro lema ha cogido cada vez más fuerza y los datos nos lo confirman. Cada año vemos cómo el récord de turistas y de ocupación se superan. Y aunque todavía tenemos cifras parciales, parece que éste será un buen año para el turismo en nuestra comarca, ganando peso dentro de la actividad económica de la ciudad. No es para menos ya que la oferta veraniega que ofrece la ciudad a ojos de un veterano turista local es buena, conciertos, festivales, exposiciones y eso se ve en las calles. Pero también hay que tener en cuenta que la actividad turística no es la gallina de los huevos de oro, el turismo es una actividad que puede dar muchos beneficios, pero también supone un sobrecoste y tiene una serie de consecuencias negativas que hay que tener en cuenta a la hora de hacer el balance final.

Por un lado, el boom de los pisos turísticos, pues aumenta la oferta y los precios suben aún más. Esto no es nuevo, hay muchas experiencias en otras ciudades que han obligado a regular este tipo de alojamientos, más rentables para el turismo familiar, pero causantes de que los precios del alquiler de larga duración se disparen. Por otro lado, la creación de un trabajo estacional y muchas veces precario; por ello es importante que el personal laboral del sector turístico obtenga su beneficio tras largas horas de sacrificio y que sus contratos se hagan de acuerdo a la ley. También debe tenerse en cuenta que esta actividad genera un gasto público en servicios que pagamos toda la ciudadanía.

Una de las cosas que me ha sorprendido es el aprecio que el nuevo turismo tiene por la villa, se sorprende por encontrarse con un casco histórico como el nuestro, labrado a través de los siglos, porque es uno de nuestros atractivos más importantes a nivel patrimonial y un gran desconocido. Durante decenios el humo de las fábricas escondió nuestro potencial y hoy, una vez que la polución se ha ido despejando de la ciudad, ya se puede apreciar nuestra riqueza histórica, siendo necesario cuidarla y saber mostrarla. Los museos son por ello una pieza importante, el museo de la villa de Avilés tiene cada vez más visitas. Una persona fundamental para este espacio ha sido su ya jubilado director, Manuel Ángel Hidalgo Menéndez, quien hacía de verdadero cicerone de la ciudad a turistas tanto locales como foráneos. Además del museo, surgen espacios como Portus que no dejan de crecer y nos muestran una visión de la ciudad desde el entorno de la ría, del mismo modo que emerge la potencialidad del Niemeyer.

Junto a ellos, se recuperan espacios como el Parque del Muelle, que funciona a pesar de todas las polémicas que se han sucedido, propias de una reforma de este calado, y a pesar también de que hay obras como las de la Plaza de los Hermanos Orbón que siempre quedan para el verano. El nuevo Muelle se ha llenado de familias, increíble para quienes recordamos un entorno otrora olvidado, con una fuente seca y abandonada que ha sido sustituida por un parque infantil exitoso, aunque hubiese quien pusiera el grito en el cielo en las redes, nostálgicos de una ciudad gris que reivindicaban una fuente de hormigón sin valor artístico, expertos locales en patrimonio que añoran un desarrollismo trasnochado.

Nos quedan para el final las fiestas de san Agustín, el colofón del verano, el momento más esperado para el turismo local, el barómetro real para quienes disfrutamos de las vacaciones en la villa. Este año no están libres de polémica, la programación anda escasa de conciertos de fama y grandes estrellas, aunque sí hay espacio para lo local y lo asturiano y cómo no, para las orquestas, que nunca fallan. Y aunque nunca lloverá a gusto de todo el mundo, es cierto que poco se puede hacer en tres meses de mandato y la nueva concejala ya sabe que Festejos es un cargo difícil, siempre bajo el ojo avizor de la ciudadanía.

Uno de los hechos que recordaré de este verano, por defecto profesional, es un homenaje, los adoquines que se han colocado a las víctimas avilesinas en los campos de concentración nazis. Un acto muy simbólico y necesario, que nos une a una historia europea de otros tiempos y que debe marcar el compromiso de la ciudad con su pasado, guste o no. Tampoco debemos olvidar uno de los sucesos más horribles que sufrió la villa en la víspera de la fiesta de su patrón, los bombardeos alemanes sobre nuestra ciudad el 27 de agosto de 1937. Seis aviones nazis arrojaron sus bombas sobre la ciudad, hubo muertes, personas heridas y destrucción. Un tal Queipo de Llano recordaba desde su radio cómo nos había aguado la fiesta. No está de más recodar al turismo que nuestra ciudad también pasó por aquello, aunque sea con una pequeña conmemoración.

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