Opinión | Crítica / Teatro

El verano del amor

Maxi Rodríguez presenta con aplausos la tercera parte de su trilogía de comedias amargas asturianas

"Los polvos melancólicos" tiene mucho que ver con "El chigre menguante" y hasta con "Porno". Las tres son las últimas comedias, amargas las tres, que escribió y dirigió Maxi Rodríguez, el dramaturgo asturiano con mayor proyección del momento.

Y lo que tienen que ver es que los protagonistas son una colección de tristes y solitarios que son capaces de reírse de esa tristeza y de esa soledad suyas echando mano de chistes del país que, antes de anoche, fueron como orejas y rabo en Las Ventas.

Rodríguez compone "Los polvos melancólicos" al estilo de "El chigre menguante": a través de escenas, en principio inconexas, que terminan cobrando la forma del puzle más triste de todos. En la función del miércoles un cuarteto de asturianos dejan atrás el puerto y se plantan en un lugar de veraneo. Los veranos son el tiempo del cambio de contexto. Y ese cambio de contexto pasa por la cama y, sobremanera, por el recuerdo que se tiene de esa cama. Y es que Rodríguez inicia la comedia con un monólogo que es un análisis del mueble de descanso como salido de uno de esos libros de Groucho Marx. Y lo hace para amarrar al personal, que desde el principio se rinde al tío que llora por las esquinas el amor perdido (Cordero), a la descubridora de pasiones desconocidas (Lorenzo), al primo follador (Suárez) y la rubia en busca de su sitio (Álvarez). Y amarrado, el público aplaude hasta que se rompe las manos.

Suscríbete para seguir leyendo