Opinión | El gasómetro

Hacerse mayor, hacerse anónimo

Hace escasos días fallecía de manera casi anónima un hombre de edad avanzada, conocido en algunos locales de ocio y en los comercios locales. Un hombre discreto y sencillo que llevaba en el rostro las marcas de una vida en la que no faltaron los golpes a lo más profundo del alma. Pese a su prudencia, echaremos de menos su paso lento, su llegada al chigre, su ligera consumición y su salida tan discreta como había sido su llegada.

Con demasiada frecuencia, más de una ya es demasiado, tenemos conocimiento de alguna persona mayor que ha sido encontrada en su casa sin vida, a veces varios días después del fallecimiento. No es el caso de la persona con la que comienza esta tribuna, que pudo fallecer en el hospital, rodeada del personal del centro que trató de llenar el vacío de su vida sin familiares cercanos.

Se habla con insistencia desde hace algunos años del envejecimiento, de su impacto en el gasto sanitario y en las pensiones. Poco se habla, sin embargo, de cubrir las necesidades que forman parte de la vida de una persona. Mientras aún en el medio rural los vecinos siguen cuidando de los mayores, en las ciudades la pequeña burbuja en la que vivimos cada uno convierte en anónimos, en invisibles, a quienes se sitúan más allá del alcance de nuestra mirada.

Las estadísticas oficiales muestran que la edad media de la población continuará creciendo durante más de una década sin que se vislumbre una estrategia sólida de país para que los mayores puedan tener una vida plena, entendiendo por tal que puedan disponer de actividades de ocio participativas y estimulantes, que puedan tener una dieta equilibrada y sana, que puedan decidir si una tarde se quedan solos en casa o acuden, o realizan, alguna actividad de ocio compartida. ¿Cuántos de nuestros mayores van viendo cómo se quedan solos, sin compañeros para la partida de cartas que vienen jugando cada tarde desde hace décadas? ¿Cuántas mujeres viven solas en sus casas, casi todas viudas? ¿Cuánta tristeza y soledad pueden llegar a soportar?

En ausencia de una estrategia nacional, son los ayuntamientos quienes, con limitados medios tratan de responder a esta situación tan oculta como se vuelven las personas cuando ya han perdido su hábitat laboral y a sus personas queridas.

Una sociedad justa no puede dejar a sus mayores en el limbo del anonimato ni dejar que la demanda de servicios desborde su capacidad de respuesta.

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