Opinión

Miedo a desnudarnos

Nadie puede decir que no estábamos avisados. Hace ya varios meses que venían avisándonos de que teníamos que adelgazar, pero faltan tres días para que llegue el verano y acabará pillándonos con unas barrigas y unos culos que la gente igual se descojona de risa cuando nos vea en bañador. Los primeros días de playa son terroríficos, solemos afrontarlos creyendo que todo el mundo se fijará en nosotros cuando tal vez el único que se fije sea el socorrista si ve que estamos ahogándonos. Eso sí tenemos suerte porque puede ser que tampoco.

La idealización del aspecto físico hace que se haya vuelto imposible escapar de la presión social y mediática que bendice la delgadez y se empeña en meternos en un cuerpo que no es el nuestro. Si, de natural, somos como somos no se entiende por qué insisten en que deberíamos ser más delgados. Y todavía se entiende menos que, por no serlo, se resienta nuestra autoestima y nos provoque una comedura de coco que puede acabar llevándonos al siquiatra.

Resulta curioso que pongamos la democracia por encima de todo y aceptemos la dictadura de las tallas y de una publicidad empeñada en convencernos de que tenemos que luchar contra “el michelín”. Que, por cierto, no sé si saben que no es lo que era. El popular muñeco no es el original. El logotipo de Michelin, el fabricante francés de neumáticos, ha sufrido un retoque estético. Ahora es un poco más alto y han reducido su masa corporal en un veinte por ciento.

Era lo que nos faltaba que, hasta, Michelin haya adelgazado. Cuestión que nos sitúa ante otra paradoja curiosa: cuantos menos gordos hay, más gordos vemos. Son gordos de forma relativa, solo porque otros están más delgados.

Este verano empieza el jueves y no sé cuándo me estrenaré en plan de ir a la playa, tomar el sol y bañarme, pero sería muy inquietante que fuera y no viera gordas y gordos en abundancia. Si toda la gente que se pone en traje de baño estuviera delgada perderíamos la normalidad de un paisaje natural y propio de nuestra fauna. No creo que pueda haber mayor felicidad que tumbarnos en la arena y que nos importe una mierda que nos confundan con un rinoceronte durmiendo la siesta. Cabría considerarlo una victoria social y política contra la ridiculez de quienes se pasean, arriba y abajo, enseñándonos sus músculos, o su delgadez, y pidiendo la limosna de una mirada caritativa que los socorra del anonimato.

Los medios, todos en general, contribuyen en la difusión de mensajes falsos que, sin embargo, acabamos aceptando como dogmas de fe. Se empeñan en que asumamos que el sacrificio merece la pena y si estamos gordos es porque somos unos vagos y no tenemos la suficiente fuerza de voluntad para adelgazar. La gordura se ha convertido en un delito que no prescribe, lo sufrimos y cargamos con él durante toda la vida.

A pesar de estas reflexiones, cuando este verano decida ir a la playa, no sé yo si no me dará un poco de corte desnudarme delante de todos. Es tanta la presión mediática que dudo que pueda evitar sentirme culpable de que a los demás no vaya a gustarles lo que vean de mí. Es un temor que siempre está ahí pero, por otra parte, no somos nada si nadie nos pone a parir.

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