Opinión | Crítica / Teatro

Devastaciones cotidianas

Aitana Sánchez-Gijón se transforma en el Palacio Valdés de Avilés en pensamiento, grieta y soledad

Florian Zeller, que es el autor de "La madre", la obra que programó el teatro Palacio Valdés antes de anoche, también escribió "El padre" –que se estrenó en Avilés en 2016– y, además, "El hijo". Zeller es un dramaturgo de ideas profusas. Pongamos que esta es su trilogía "familiar".

Es el francés más importante del teatro contemporáneo –con el permiso de Yasmina Reza– y es también muy de agrupar sus creaciones. Escribió, por ejemplo, "La verdad" y después "La mentira". La primera la dirigió Josep María Mestres y la segunda, Claudio Tolcachir. O sea, dos de los grandes directores del momento.

Zeller estrenó "La madre" en 2008. Lo hizo con Catherine Hiegel. Esta primavera, Aitana Sánchez-Gijón estrenó la versión española de esta comedia triste en El Pavón de Madrid. Quien estaba al frente de la función fue Juan Carlos Fisher, el mismo que el año pasado convirtió a Victoria Luengo en una de las mejores actrices españolas (fue con "Prima facie").

Es una "comedia triste" porque lo que se representa sobre las tablas es la devastación que sufre esa madre en cuanto descubre que los que habían levantado su vida, la abandonan. Y ella no se acostumbra a esa soledad sobrevenida.

Lo mejor de "La madre" es, claro, un texto redondo, pero se da la circunstancia de que, sin Aitana Sánchez-Gijón, sólo serían palabras, palabras, palabras. La peripecia de "La madre" es un proceso mental, no una acción externa, en el sentido aristotélico del término. Y eso está requetebién. De ahí que Pedro (Vellido) no termine nunca de marcharse o que la novia de su hijo sea una mujer dulce y, a la vez malvada, todo en una escenografía con grieta a lo "Doctor Who". Lo malo fueron los actores amplificados: daba la sensación de que estaban doblados. Y es una lástima.

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