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El tránsito de admirar a las personas mayores por sus experiencias y saberes acumulados a denostarlas

No hace mucho tiempo a las personas mayores se les abrigaba un tremendo respeto, cuando no reverencia y admiración, gozaban de una gran dignidad, ocupaban puestos importantes, eran requeridos para dar sabios consejos y vivían llenas de ilusiones, desarrollando su existencia con absoluta normalidad. La ancianidad era considerada como una etapa final de la vida a la cual se quería llegar para disfrutarla en el seno de la familia y en medio de una sociedad que le rendía culto de admiración. Los viejos se sentían queridos por sus hijos, nietos y demás familia, útiles merced a sus prácticas y buenas enseñanzas, ocupando en algunos ámbitos los puestos más señeros y responsables, siendo sus palabras escuchadas y su conducta imitada por los demás.

Sin saber cómo ni por qué, se ha producido un cambio copernicano, se ha abierto una tendencia peligrosa que mete miedo a la más mínima sensibilidad, convirtiéndose este comportamiento generalizado, salvo honrosas excepciones, donde predominan los desprecios flagrantes a las personas mayores, como si fuera lo más normal del mundo, siendo visto como el resultado de un progreso de los tiempos modernos.

En apenas un suspiro hemos pasado de admirar a los jubilados por sus experiencias y saberes acumulados a denostarles, cuando no a injuriarles y ridiculizarles, por el simple hecho de cumplir años, dando a entender que sólo los jóvenes y los sanos tienen derecho a la existencia y a la plenitud de derechos. Esta ideología imperante no solo está bien valorada en amplias capas de las instituciones, también se está adueñando del corazón de los más jóvenes, implantándose una manera de ser totalmente discriminatoria y poco humana, siendo por desgracia una de las características mas sobresalientes e injustas de la realidad actual.

Hemos pasado de cederles el asiento en el autobús a mirarles como a bichos raros que están de más. Si además son pobres o de escasas pertenencias, su olvido es mayor. Y si están enfermos o son dependientes, el desprecio y oprobio alcanza cotas inimaginables impropias de la humana condición.

El egoísmo más extremo, inculcado por un sistema exento de creencias y principios superiores, es el responsable de esta aniquilación impía y moral de quienes amaron y no se sienten amados, lo dieron todo por su familia y están deseando morir cuanto antes porque no soportan el peso de sus recuerdos y la situación en la que se hallan inmersos, sobreviviendo en un mundo sin sentido o en cómodas residencias donde piden amor y no lo encuentran, no son visitados por quienes debieran o si lo son es de prisa y corriendo para cubrir un expediente. La persona mayor antes moría en su propia casa rodeada del cariño de los suyos; ahora muere sola y abandonada, las más de las veces, o en lugares ajenos de tristeza y soledad, la causa principal de muerte en la avanzada edad.

Quienes practican esta conducta piensan que los ancianos y lo no tan ancianos no merecen la pena, sirven para poco, merecen ser engañados y ninguneados; viven en un mundo donde sólo cabe la actividad galopante, el placer a cualquier precio, la satisfacción inmediata de los caprichos personales, pasarlo bien y la apariencia intachable.

Cuando cada uno va a lo suyo no hay tiempo para dedicarlo a los demás, aunque sean quienes lo dieron todo por nosotros y nos sigan amando desde su terrible aislamiento y soledad: el mundo está muriendo sólo por falta de amor.

Y lo más increíble de esta marginación real e indiscriminada por motivos del tiempo transcurrido es que quienes están detrás, esto es, sus mentores y propulsores más destacados y recalcitrantes, disfrutan de una edad provecta, estando acompañados de sus parientes y amigos, aunque solo sea debido a su alto poder adquisitivo o material. Si la propia familia, muchas veces, no quiere saber nada de sus progenitores longevos y enfermos, dando ejemplo a sus descendientes de todo lo contrario a una vida sana y feliz, ¿cómo podemos esperar nada mejor de quienes nos rodean? Es urgente cambiar este paradigma negativo y sofocante cuanto antes para evitar un genocidio de desconsuelo y muerte anticipada a escala mundial, por el bien de la raza y del patrimonio espiritual de la humanidad.

Los mayores no quieren lujos ni dinero, solo cariño y comprensión. Despreciarles sólo lleva a ser despreciado más adelante por quienes tienen hoy menos edad. Una ley no escrita dice que los pecados de los padres son pagados por los hijos y otra que aquello que se hace a otros vuelve hacia uno mismo.

Todas las más prósperas civilizaciones del pasado fueron gobernadas por una gerontocracia, es decir, por sabios ancianos.

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