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Opinión | Crítica / Teatro

Palabras tenebrosas para no hacer la revolución

El Niemeyer acoge con conmoción el estreno nacional de "Encuentros breves con hombres repulsivos"

David Foster Wallace, el de "La broma infinita", publicó su segundo libro de cuentos –"Entrevistas breves con hombres repulsivos"– en 1998, pero lo hubiera podido haber hecho antes de anoche mismo, que fue cuando el director de escena Daniel Veronese estrenó en el Niemeyer su particular versión de ocho de los relatos del norteamericano muerto –Foster Wallace está en el cielo de los novelistas suicidas, pero eso otro tema–. Lo llamó "Encuentros breves con hombres repulsivos" y los organizó en ocho cuadros con dos personajes, dos sillas y una mesa: monólogos interrumpidos que van de lo tenebroso a lo salvaje traspasando siempre la línea del desconcierto y la angustia. Porque "Encuentros breves con hombres repulsivos" da mucho miedo.

Ese miedo ficticio se convirtió en miedo real a cuenta de la dimisión del diputado feminista Íñigo Errejón "sobrepasado por su personaje" antes de que saltara la denuncia por acoso sexual que presentó contra él la actriz Elisa Mouliaá. "Yo estaba ilusionada con Íñigo, le tenía en un pedestal... pensé que podía ser una historia de amor preciosa, pero en lugar de encontrarme con algo romántico me encontré con una persona que lo único que quería era tocar mi cuerpo y meterme la lengua". Que parece que Foster Wallace predijo lo que hace el que somete a su víctima propiciatoria.

Veronese explicó en el encuentro con el público al final de la función avilesina de su último espectáculo que cuando leyó el libro de Wallace sintió la necesidad de verlo sobre la escena (lo ha montado en Argentina, en Chile, en Italia y ahora en España). Quería a Jorge Bosch sobre la escena –es su actor "fetiche" en España–, pero Bosch no sabía cómo iba a llegar a casa "con estos hombres a mis espaldas", refirió el actor. Y es natural, él y Gustavo Salmerón sacan a acosadores, mentirosos, violentos y castigadores con la naturalidad que dan los hechos reales... No se salva nadie: todos los hombres del espectáculo son un espejo de gran niebla que se disipa cuando sus palabras llegan a los espectadores acongojados, sobre sus butacas, con ganas contenidas de saltar al escenario y dar un par de hostias a alguno de los especímenes salidos de la mente de Wallace, de Veronese o de los dos actores sobre las tablas: enormes, gigantescos, tan suaves como pavorosos... de ese tipo de violencia que apenas supera el volumen de un golpe encima de la mesa. Pero esto es puro teatro: patriarcado en carne viva con el lamento de que, como recalcó Veronese, "con el teatro no se puede hacer la revolución".

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