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Opinión | La Espinera

El cuarto poder

La importancia del control informativo contra todo tipo de desmanes del aparato político de turno

Es sobradamente conocida la necesidad de la división de poderes en ejecutivo, legislativo y judicial, a la que se refería Montesquieu el pasado siglo XVIII, para que los estados funcionen adecuadamente y su actuaciones redunden en beneficio de la ciudadanía. Del mismo modo, todos hemos oído hablar del llamado "cuarto poder" que, tras la asignación del término al ámbito periodístico por Thomas Macaluay en el siglo XIX, se hizo muy popular con la obra de no ficción y posterior película, ambas tituladas "Todos los hombres del presidente", en los años setenta del siglo pasado. La película fue protagonizada por Robert Redford y Dustin Hoffman e interpretaban a dos periodistas del "Washington Post", los cuales investigando un asunto aparentemente de no mucha importancia acaban descubriendo el llamado "Escándalo Watergate", que trajo como consecuencia la renuncia del presidente norteamericano Richard Nixon en agosto de 1974.

Ese cuarto poder, el de la prensa y los medios de comunicación ejerciendo con total profesionalidad su función y con independencia del poder político, por supuesto, se erige en una auténtica joya de la corona que habría que preservar para que las sociedades avanzasen corrigiendo sus errores. Podríamos gozar, además, de la tranquilidad de saber que existe un auténtico control informativo contra todo tipo de desmanes. De ese modo, recurriríamos a los medios para estar informados y con rigor, aunque siempre fuese necesario consultar y contrastar varias fuentes, en estos tiempos además tan complejos en los que las redes sociales junto con la Inteligencia Artificial (IA), a veces, confunden y enmascaran la verdad. Nunca como ahora ha sido más imprescindible esa información experta, entendida y arriesgada.

Es por eso por lo que cuando algún periodista habla de ciencia sin saber qué es el ADN, alude a Groenlandia desde Madagascar o a Ámsterdam desde Beirut, se fotografían en algún escenario ficticio de una guerra preparado con prisa para la ocasión o se manchan de barro las botas, pero siempre a distancia del lodo y tergiversan las noticias para recibir la aceptación del aparato político de turno; creo que no solo es que nos estén tomando el pelo a quienes recibimos esa información, sino que se lo están tomando a sí mismos y sobre todo toman el pelo a su profesión, a la que restan de importancia, a la que convierten en una farsa y en una pieza más de ese engranaje torpe e indeciso; en mueca absurda de las organizaciones e instituciones cuando ajenas a su responsabilidad actúan de forma demoledora y hasta psicópata.

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