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Alejandro Méndez

Feliz Navidad, no felices fiestas

La celebración de estos días es la encarnación de Dios en Jesucristo

De un tiempo a esta parte, gota a gota, nuestras conversaciones, carteles, luces navideñas y postales se han colmado de un curioso lema: "felices fiestas". ¿De qué fiestas nos hablan? ¿La Tomatina de Buñol? ¿El solsticio de invierno, quizás? Un detalle que pudiera parecer irrelevante cobra un sentido fundamental en cuanto a "dar la batalla cultural" se refiere: la importancia del lenguaje.

En una sociedad líquida donde todo pasa demasiado rápido y la rutina arroja pocas oportunidades de trascender, cada palabra cuenta. Y es justo ahí, donde la doctrina "woke" se alía con el laicismo más anticlerical para secularizar la Navidad y reducirla a un mero esfuerzo consumista. Si hoy nos unimos en torno a las mesas para cantar y brindar en compañía de nuestras familias es precisamente porque algo habrá que celebrar, y me temo que no se trata del paso del Sol por el trópico de Capricornio.

La Navidad es una fiesta de raíces cristianas que celebra la encarnación de Dios en Jesucristo, ni más ni menos. Precisamente, la capacidad de unir a fieles e incrédulos en torno a unos mismos valores de generosidad, compasión y esperanza es el milagro de la Navidad, es decir, de la cristiandad. Incluso Jean-Paul Sartre, abiertamente ateo, dedicaba unas líneas a la importancia de la simbología cristiana como nexo entre creyentes y no creyentes en épocas de desaliento. Que el presidente del Gobierno tenga que dar volteretas, saltos mortales y cabriolas retorciendo el lenguaje en sus mensajes de felicitación para no pronunciar la palabra "Navidad" evoca una tristeza descorazonadora. Negar el papel esencial del cristianismo en el nacimiento de Europa, que supo aunar bajo sus alas lo mejor de Grecia y Roma, conformando el espacio moral de la cristiandad, es un ejercicio de sórdida manipulación histórica y temerario desprecio por nuestros orígenes.

A un servidor no le extrañan, por menos que no dejen de dolerle, los continuos desplantes que la izquierda nacional hace a la tradición católica, que es lo mismo que decir a la esencia de España, en aras de desanclar nuestras raíces de lo que fuimos, somos y seremos en servicio a la doctrina "woke". Lo más preocupante, considero, es la dificultad que muchos compañeros de espectro ideológico tienen a la hora de identificar estas pequeñas batallas semánticas, restándoles importancia y allanando el camino al desarraigo espiritual.

Ojalá la Navidad vuelva a ser el inmaculado espíritu de unidad que la ideología deje tranquilo y no trate de ocultar. Que más quisiera uno que no tener que salir a defenderla.

Feliz Navidad.

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