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Opinión | la espinera

Vivir

Ignoro por qué, pero cuando la fiebre me invade, suelo recurrir a la lectura de la obra de Rilke. La enfermedad y la tos parece que se vuelven más livianas cobijándome en ese vivir que transmiten sus páginas, en ese tiempo detenido de sus cartas, en ese prodigio de las palabras retenidas. Percibo el aroma de sus pequeños manojos de rosas y hasta la humedad de los pétalos que disipan el exceso de temperatura. Percibo el acercamiento a las verdades esenciales, hacia la naturaleza simple desprovista de ornamentos, hacia la compresión profunda que con frecuencia solo se encuentra entre jirones de niebla intuidos tras la estáticas ventanas.

Su prosa poética me aporta una curación de amplitud infinita y una conexión hacia lo que merece la pena regresar, junto con una sensación de libertad genuina que aporta el desprendimiento de todo lo vacuo, de todo el desasosiego que nunca debimos permitir a nuestro lado. Comprender nuestra finitud ante la ausencia de salud es depurar el alma de lo azaroso, contemplar la certeza en la exigua llama de nuestros días, pero es también conceder una tregua al combate absurdo contra los que efímeramente se complacen en sus oscuros designios.

Otear de nuevo la casa con el asombro de una señal en el camino, desde el aislamiento y el equilibrio que proporciona en ocasiones la soledad. Vislumbrar las líneas de lo afectuoso exclusivamente en la sinceridad de lo familiar.

Nuestras manos aferrándose únicamente al reposo de la bondad y adivinar esas expresiones ajenas al apresuramiento, al fragmento de lo que nos rodea y huye, porque carece de nobleza.

Cuánta tranquilidad en los auspicios de estos antiguos vocablos, en la compañía de un destino lejano que traspasa fronteras, que florece desde el corazón al dolor de lo irremediable. Siempre desde el anhelo de la rebelión interior, desde esa cima que es el vivir inquietante ante el adversario de la muerte.

Cuánta complacencia desde este paisaje que desciende de la torre hacia el viento y desde las ramas a los pájaros, balcones cerrados siempre a la angustia.

Gracias, Rilke, por ese otro vivir, más allá de pasadizos y por conducirme a esa frontera de evidencia ajena al terror y que conecta con la raíz de la divinidad que de algún modo permanece inalterable al observamos con esa perfecta claridad ajena a la debilidad y a la destrucción, con esa capacidad del conocimiento que a veces proporcionan las décimas y la lectura gélida, profunda y silenciosa de tus cartas una vez más.

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