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Opinión

Mayorga palabra por palabra

El Palacio Valdés acoge con devoción el monólogo "La Gran Cacería"

Los animales que asaltan la realidad son los que prefiere Juan Mayorga. Lo demostró, por poner un ejemplo, cuando la tortuga de Darwin se puso meditabunda con el cuerpo y la memoria de Carmen Machi. O con "Palabra de perro". Ahí es donde Mayorga escribió: "Quizá sólo seamos el delirio de un enfermo. O quizá seamos cada uno delirio del otro, mutuamente creados por el deseo de tener quien nos escuche. Acaso cada uno necesite desdoblarse para hablar consigo mismo. Acaso seamos cada uno el delirio de un perro que teme morir sin haber hablado".

Esto es de 2003 y "La Gran Cacería", que fue lo que el dramaturgo madrileño puso en escena este viernes en el Palacio Valdés, es de 2023 (les diré, sin embargo, que esta fecha no es del todo cierto: sé que viniendo en tren de Madrid a Avilés le hizo unos penúltimos retoques; benditos filólogos que tendrán tarean para establecer las palabras adecuadas de un dramaturgo que, de tan meticuloso, decide hablar del silencio cuando ingresa en la Real Academia Española).

Los animales de "La Gran Cacería" son un tigre y un oso. Y son, además, todos los que cupieron en el arca de Noé de la catedral de Monreale, que está en Sicilia, que es de donde parte este viaje irreal que, en realidad, tenía toda la verdad que contienen los cuentos que ordenan las cabezas.

Los navegantes surcan el Mediterráneo que es el centro de todas las historias, de todos los pasados, de todas las memorias. Allí es donde, como dice Mayorga que decía Goethe, pueden "relacionarse con las cosas sin ninguna intención".

Juan Mayorga es un dramaturgo que pone deberes. Los de "La Gran Cacería" tienen que ver con el valor de las palabras. En ese sentido, tienen que ver con "El Golem": las palabras que hacen historias, las historias que ordenan los cerebros. Los espectadores que se acercan a Mayorga para dar forma a las historias deshilachadas que se pierden sin atención. "La Gran Cacería" atrapa. En su voz, en sus movimientos. En su exigencia. Ir al teatro no es hacer tiempo para ir a cenar.

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