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Mujeres, seducción y otras artes oscuras

Existe un tipo de parásito que se hace pasar por hombre. Repta por el oído y se aloja en la cabeza de muchachos aún en formación (y algún que otro adulto desafortunado) nutriéndose de soledad e inseguridades. Al igual que las garrapatas, envenena al huésped con la ponzoña que le sale por la boca. Contamina sus pensamientos, su sistema de creencias, su visión del mundo y de las relaciones entre iguales.

¿Qué será ese misticismo que tenemos las mujeres? ¿Somos coloridas y venenosas o mullidas presas? ¿Qué han averiguado los gurús de seducción de nuestra especie? ¡Qué audaces exploradores! Dicen haber viajado a Venus y vivir para contarlo. Traen incluso trofeos de caza, algún sujetador de copa C verdaderamente intimidante —Son unas bestias terribles. — piensan los aspirantes.

Al calor de los LEDs cuentan historias de cómo sus piernas se paralizaron de terror la primera vez que una de estas fieras les largó un “No, lo siento.” similar al rugido atronador de un tigre. Cuentan que aprendieron a dominarlas con el "don". Una noción que atiende a una especie de despertar, de iluminación. Artesanos de la atracción entendida como doma. ¿Qué somos las mujeres? ¿Diosas o perros? Estos valientes se atribuyen un rol chamánico, poseedores de una sabiduría exclusiva y necesaria que no transmiten gratis, quieren ofrendas y adoración. Lobos pastoreando ovejas. Eternos intérpretes de la danza de jerarquías. Necios. Nosotras tenemos el mismo vacío y las mismas rarezas, la misma sangre y los mismos sueños. O tal vez no. Hablen y conozcan, olviden las sombras y salgan de la cueva. Saquen sus propias conclusiones. Disfruten y fracasen. Vuelvan a intentarlo. Vivan.

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