Opinión
Sobre la vida espiritual
Es fundamental recordar a quienes se fueron
Recordar a los seres queridos que se fueron es fundamental para la armonía del cuerpo y del espíritu. El que ama de verdad no reduce ese entrañable cariño a una celebración anual, el amor es una constante vital , una necesidad que brota sola del alma, es un fuego inextinguible que jamás se apaga.
Los difuntos nos acompañan desde su silencio querido, nos protegen desde el lugar donde están y nos animan a seguir recorriendo el sendero de la vida hasta que llegue el momento de nuestro encuentro final.
Para el que cree, la vida no se agota con la extinción del cuerpo, es un tránsito hacia una dimensión superior del ser, un cambio de morada. Si solo existiera este mundo, el hombre sería un fracaso y Dios un invento, una quimera o una simple fantasía. En esta encarnación nadie puede demostrar con la lógica y la razón que hay vida después de la vida y que el espíritu es inmortal, es un conocimiento que solo depara la fe y el aumento significativo de conciencia.
En un planeta entregado a la satisfacción de los sentidos, el egoísmo exacerbado y el consumismo asaz, las cuestiones decisivas de la existencia quedan en un segundo plano, cuando no son despreciadas o ignoradas. Una mente vulgar, convencional, que confiere más valor al dinero que al amor, al poder que al progreso interior, a la envidia y la animadversión que a la humildad, la honradez y la verdad, no está capacitada para entender lo que hay por encima de lo ilusorio y aparente .
La percepción de los reinos superiores exige una forma muy especial de vida; el hombre moderno, que pertenece a la etapa final de la humanidad, no está preparado para hablar con Dios, escuchar a los ángeles o sentir el soplo renovador de lo inmortal.
Todo el universo nos habla de la belleza divina, la armonía general, la música de las esferas celestiales y nos transmite la esencia del perfume de lo imperecedero.
Vivimos antes de nacer y después de morir; las experiencias trascendentales nos lo confirman y revelan. Quienes están muertos en vida niegan lo que no saben y afirman lo que quieren o más les beneficia. Para comprender las riquezas del alma es necesario convertirse en un ser espiritual y vivir más por dentro que por fuera.
Cuando dejamos de amar y sentir la vida como un regalo supremo, perdemos el nexo con lo alto, vemos en blanco y negro, nos olvidamos del paraíso, de los cuerpos sagrados que nos habitan, del maestro interior y de todas aquellas cosas maravillosas que nos hacen sentirnos alegres sin motivo y felices de corazón.
Si no amamos a quienes vemos, ¿cómo vamos a amar y a creer en quienes no vemos?
Lo que da vida a la vida es invisible a los ojos, forma parte de otra condición, no se puede captar con instrumentos científicos, es un misterio inextricable que solo un ser puro e inocente, entregado a las delicias supremas, puede entrever.
Si no hubiera algo por encima del hombre, las oraciones sagradas, los profundos sacrificios, las entregas amorosas y los tremendos esfuerzos no servirían de nada, y los principios morales y los valores permanentes serían una simple enumeración de palabras sin sentido.
El amor con mayúscula posee la llave de la sabiduría, el secreto del reino de los cielos y la clave para desentrañar los enigmas que persiguen al ser humano desde el origen de los tiempos .
Si fuéramos mejores de lo que somos y no diéramos tanto relieve a lo material, entenderíamos un poco más lo que es verdaderamente importante: la vida eterna, la existencia del espíritu, la manera de hablar con el cielo y sus criaturas especiales y los misterios del universo.
A los muertos hay que quererlos, portarse bien con ellos y proporcionarles todo nuestro cariño cuando están vivos y no después, cuando ya no hay nada bueno que se pueda hacer .
Hay que aprender a vivir en este mundo sin estar en el mundo, ganar la visión de luz, perder de nuestros derechos en favor de los demás, matar los yoes que nos gobiernan y esclavizan, no creernos el ombligo mundial, respetar a los niños y a los ancianos y aspirar a algo más sutil y elevado que nos procure deleites inolvidables en la esfera suprasensorial.
Llevamos sangre divina en las venas y un soplo selecto de eternidad; trabajar nuestro interior para comprenderlo y vivirlo es esencial para estar en paz y vivir contentos.
Las desgracias de la vida y los comportamientos de personas despiadadas solo se pueden superar con amor, fe y esperanza. El que ama, ve; el que ve, sabe; y el que sabe no tiene duda que vivimos para purificarnos y para entrar, con buen pie, en las moradas celestiales, donde nos esperan, llenos de júbilo y gozo, los seres que amamos y nos aman.
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