Opinión
Paquito
Emilio Ruiz Barrachina mezcla en "Le ordeno a usted que me quiera" "Doña Rosita la soltera" y la Carmen Sotillo de "Cinco horas con Mario"
"Yo hubiera podido cambiar la historia de España, pero no quise". Así comienza el monólogo de Sofía Subirán en este intenso 20N en Avilés. Mientras en el Niemeyer la aclamada producción de "1936" trataba de acercar a un nutrido grupo de estudiantes el golpe de Estado y sus antecedentes, en el Palacio Valdés, Emilio Ruiz Barrachina rescataba del olvido la figura de esta joven que fue el primer amor no correspondido del Generalísimo, un romance frustrado con muchas implicaciones e interés.
La protagonista de este monólogo es una mezcla de "Doña Rosita la soltera" y la Carmen Sotillo de "Cinco horas con Mario". Al igual que el personaje lorquiano ve frustrados todos los intentos de pedir su mano, más por el entorno que por ella misma, pues su padre y sus hermanos desprecian a Franco por no ser el buen partido que esperan para su hija. No obstante, ella también desdeña a este teniente pesado, chiquito y soso y como la propia Sofía reconoce, el orgullo y el amor propio son muy malos consejeros del amor. Como Carmen Sotillo es una mujer espejo, a través de la cual conocemos las características de un personaje masculino. El retrato de Franco que las palabras y cartas de Sofía nos brinda es el de un hombre ambicioso, terco y obstinado, pero enormemente tímido, de mirada huidiza, torpe en las relaciones sociales y de una frialdad que raya en la psicopatía. En el transcurso de la función, que sigue el progreso de una relación epistolar, que avanza a hurtadillas a través de misivas interceptadas y persecuciones de lo más patéticas, descubrimos a un Franco caprichoso, acomplejado, objeto de burlas, aburrido, poco ocurrente y carente de sentido del humor.
Jenny Llada encarna a Sofía con un naturalismo reposado y majestuoso, propio de las grandes "vedettes" y convence por la veracidad de sus intenciones y la amargura que rezuma una vida frustrada de esperanzas y sueños rotos, tras la muerte de su adorado hermano Pepe. Una sobria escenografía realista recrea con muy pocos elementos (una mesa camilla, una silla y una lámpara Tiffany) el hábitat de esta mujer recluida en casa, que solo se comunica con su pájaro encerrado en una jaula, símbolo de la vida triste y anodina de estas mujeres sometidas al acuartelamiento y vaivén del mundo militar. La proyección a modo de diapositivas de fotos de la época muy interesantes de Melilla, de Sofía Subirán y su familia, de los bailes en el casino militar, las obras benéficas como los cuadros estáticos y de un Franco joven en Melilla, así como de sus postales manuscritas resultan un complemento ideal que realza el valor histórico de la pieza. En la dramaturgia predomina un aire amable, con ciertas pinceladas de humor jardielesco y el retrato de un hombre bastante abominable, aunque aún sale peor parada su esposa Carmen Polo, instigadora de su autoritarismo y religiosidad opresora. n
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