Opinión
Circunstancias y decisiones
La coordinación de una emergencia con lluvias históricas y el pasado que se hace presente en forma de inundación
Un célula tormentosa dejó Avilés anegada por las lluvias hace una semana. Los más de 40 litros por metro cuadrado en apenas una hora, y casi 100 entre las 21.00 horas y la medianoche, se percibieron sobre el terreno como una auténtica avenida de agua con alcantarillas rebosando sin tregua, vehículos avanzando con cautela (los que podían hacerlo) y vecinos observando, desde los ventanas, cómo el agua seguía subiendo.
Lo imprevisible de la tormenta hizo que avanzada la madrugada permanecieran cerradas al tráfico varias calles (la avenida de la Siderurgia, la calle del Muelle, Eduardo Carreño, Llano Ponte y el tramo de la curva Cristalería), mientras desde el puesto de mando se coordinaban los desplazamientos de Bomberos de Asturias y el trabajo de Urbaser y Aguas de Avilés para reconducir el agua por una red saturada. Pero no fue suficiente para que dejaran de arreciar las críticas. Porque se repetía una escena (la de locales comerciales y garajes inundados) que se había prometido que no se volvería a ver más en Avilés. Porque en el parking del Niemeyer el agua entraba con insistencia y los bomberos tuvieron que actuar casi de inmediato para evitar daños mayores. Lo mismo ocurrió en edificios próximos a la travesía del Cristal, donde era visible cómo varios garajes se inundaron en cuestión de minutos.
Hace justo un año –ahora un año y una semana–, en el fin de obras en el aliviadero del río San Martín, se aseguraba que las inundaciones "recurrentes" de una parte de Avilés no tendrían ya lugar nunca más, ni tan siquiera en momentos de lluvias intensas y mareas vivas. Ni con fenómenos meteorológicos "extremos" e "intensos", cada vez más frecuentes, decía la entonces consejera Nieves Roqueñí.
Cumplidos siete días del últimos episodio de lluvias conviene algunas reflexiones antes de que, con el terreno ya casi seco, se olviden algunas cuestiones pendientes. La primera, que los vecinos del centro siguen sin dormir tranquilos cuando azota la tormenta. Y los que han visto desde su balcón a la plaza del Vaticano "lagunas" de todos los tamaños y calidades dicen que nada ha cambiado en décadas. La segunda, que lejos de anunciar medidas que de verdad atajen episodios como el del pasado domingo, no parece lo más acertado consumir hasta 48 horas asegurando que no hubo ningún fallo y que se trabajó de forma coordinada en la emergencia. Al respecto, como tercera reflexión, que viene a cuenta del malestar vecinal sobre la gestión de esa jornada, conviene señalar que la forma de comunicar la alerta a los vecinos –vía redes sociales o canales de internet– no resultó del todo apropiada, habida cuenta de lo envejecido de un sector importante de la población avilesina que no se maneja en este tipo de herramientas.
"El problema no fue la lluvia, sino una infraestructura de 2,8 millones que no funcionó", denunció el PP a las 24 horas de la tromba de agua. Y el gobierno insistió en la actuación "rápida, eficaz y coordinada". Que el aliviadero funcionó y que los populares desbarraban, replicaron. Pero no pensaban lo mismo algunos automovilistas que se vieron acorralados, en plena madrugada ya del lunes, por cortes de carril y calles sin acceso rodado posible que, en algunos casos, no respondían exactamente al nivel de la emergencia en ese punto de la ciudad.
A quienes les corresponde el mando en una situación de dificultad extrema, siempre verán la situación encauzada tras el esfuerzo, pero es sabido que, ante una emergencia, en un 75% de los casos las personas actúan de forma desordenada y con desconcierto, mientras que entre el 10 y el 25% lo harán con calma y estudiarán planes de acción y posibilidades. En este caso, tal parece que el grueso de los intervinientes en atajar las consecuencias de la tromba de agua se ubicaron en el primer grupo. Una sana autocrítica en este caso sería no negar la evidencia y buscar aciertos y errores para no repetir estos últimos en nuevas circunstancias adversas. Sería demasiado extremo no obtener un aprendizaje de esta última emergencia. Mejor que las aguas vuelvan a su cauce antes de que la gestión vuelva a hacer agua. Al fin y al cabo, uno no es producto de sus circunstancias, sino de sus decisiones.
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