Opinión
"1936", el "shock" de todos los españoles
El Niemeyer programa un espectáculo tan enorme como exagerado

Antonio Durán "Morris", como Queipo de Llano, el jueves en "1936" / Miki López
"1936"
Drama escrito por Albert Boronat, Juan Cavestany, Andrés Lima y Juan Mayorga, dirigido por Andrés Lima y protagonizado por Mamen Camacho, Cristina Arias, Antonio Durán "Morris", María Morales, Paco Ochoa, Guillermo Toledo y Juan Vinuesa. El coro está formado por Inés Alonso, Carolina Álvarez, Julia Avisbal, David Blanco, Marcos Carvajal, Antonio Carlos Civantos, Agata Czaplicka, Marina Díaz, Eva Fernández, Sandra Fernández, Madeleine Fleming, Raquel Gamella, Elena Gaubeka, Clara González, Luar Lijó, Eugenia Martínez, Lucía Muñoz, Pablo Pérez, Clara Pinos, Javier Pla, Lucía De Prado, Carla Tejedor, Sebastián Velayos y Carmen Villa.
Centro Niemeyer, 20 de noviembre de 2025
"1936" es una ópera wagneriana. Las valquirias, generales golpistas, y Sigfrido, el pueblo español entero y apuñalado. En el drama que se presentó este fin de semana en el Niemeyer lo representaba un coro que lo mismo bailaba y cantaba que se escondía de los zambombazos del final de la Guerra Civil. "1936" fueron cuatro horas de tragedia, cuatro autores como en un aquelarre, sortilegios tan potentes como exagerados: teatro de doble salto mortal, con tirabuzón y vuelta a empezar, por si el espectador no había caído.
Andrés Lima, el director de "1936" había contado hace unos días en las páginas de este periódico: "Es hora de hablar de nuestro propio shock: el golpe de Estado de Franco". Y a ello se pusieron Lima y los suyos. Y cuando de esta actividad salió fábula, los espectadores lo celebraron tan emocionados como paralizados (pasó con la escena del general Miaja y de Azaña: Willy Toledo está soberbio); cuando la cosa se limitó a subrayar una tesis, el montaje no conseguía ni siquiera llegar a serlo: se quedaba en discurso, homilía. Y es una lástima.
"1936", siendo como digo una ópera wagneriana, también es teatro documental: hay hasta narrador, que es el personal más ajeno a una espectáculo teatral porque existe mientras el espectador lo está contemplando. Y cuando aparece el narrador, el personal se ha perdido: la olla mitológica que presenta un plantel de artistas entregado no admite más ingredientes.
Lo que se va a contar es el golpe de Franco y del resto de los sublevados: salen Queipo de Llano invitando a violar a las mujeres de los rojos; Mola, el director; Kindelán y sus aviones... Y hasta George Orwell, La Pasionaria y Clara Campoamor... porque, aparte de la sublevación, el espectáculo echa la vista atrás y se pone a hablar de la República. Y hasta aparece Alfonso XIII diciendo aquello de que ha perdido el amor de su patria. Lima quiere contar la Guerra Civil y la quiere contar entera –más o menos lo consigue: Wenceslao Fernández Flórez, se me ocurre, no estaría de acuerdo– y en este deseo utiliza todas las herramientas que ha probado en sus más de cuatro décadas de talento escénico (desbordante, apasionante, inquisitivo y con un aquel de inocencia: la escena también puede cambiar el mundo).
Luego hay paradojas: el general Franco es un psicópata –así es, más o menos, como se le presenta: no lejos de la realidad–, pero esa psicopatía sale de una voz de pito –la que tenía–. Sucede, sin embargo, que el teatro es teatro y la realidad, no, aunque se parezca. Un psicópata con voz de pito es sólo una voz de pito. Y así, uno, que busca una unidad de destino en lo universal del montaje, no la alcanza porque se disuelve. Y es otra lástima. Porque le hubiera gustado estar feliz.
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