Opinión
Gracias, Yumay
En la despedida a un clásico de la hostelería avilesina
Hoy, 31 de diciembre, cierra el Yumay. Y hay cierres que no se cuentan bien con una frase, porque lo que se apaga no es solo un negocio, se apaga un lugar que, durante décadas, ha sido casa. Casa para quien venía a celebrar una comunión o una boda; casa para quien venía a firmar un contrato o a llorar una pérdida; casa para quien entraba solo a tomar un culín y un plato rico, porque aquí siempre había alguien conocido, una palabra amable y una mesa donde sentarse.
En Avilés, lo importante casi nunca hace ruido. Lo importante se integra en la vida hasta volverse gesto automático: "vamos allí", "quedamos aquí", "paso un momento". Y por eso, cuando un sitio así cierra, lo que se nota no es solo la ausencia física, se nota el cambio en el mapa íntimo de la ciudad. Avilés tiene folclore y tiene tradiciones y también tiene una cultura de la barra y de la mesa que, más allá de lo festivo, es una manera de convivir. Es una manera de mirarse, de reconocerse, de sostenerse. Y esos lugares , los que sostienen sin proclamarlo, son los que verdaderamente construyen ciudad.
El Yumay ha cumplido ese papel sin necesidad de explicarlo. Lo ha hecho a la vieja usanza: con oficio. Y el oficio, en hostelería, es una palabra seria. Significa repetir el estándar cuando nadie aplaude. Significa atender igual cuando el local está lleno y cuando no lo está. Significa tener memoria para los nombres y prudencia para los silencios. Significa saber que el cliente no es un trámite, es una persona. Significa que la confianza se gana una vez, pero se mantiene cada día.
Por eso, cuando hablo del Yumay, no puedo hablar sólo de platos. Hablo, sobre todo, de personas. De un equipo, de un auténtico ejército de profesionales. Ese ejército no se improvisa, se hace a base de trabajo en conjunto, coordinación, sacrificio y aguante.
En el Yumay, además, ese trabajo tiene un carácter familiar que se nota en lo esencial, en cómo se cuida el detalle y en cómo se sostiene el ritmo. Lola, la mujer de Justo y Mari Luz, Tersi y Javi, sus hermanos. Una familia trabajando a una, durante años, para que lo que el cliente percibe sea naturalidad. Y quien haya gestionado un equipo (en hostelería o en cualquier otro ámbito) sabe lo que significa que algo funcione "sin que se note", es el síntoma más claro de que detrás hay método, compromiso y esfuerzo real.
A esa forma de trabajar se le reconoce también una raíz: Pola de Allande, lugar en el que nacieron Justo y su familia. No como etiqueta, sino como explicación práctica. En Asturias, la procedencia a veces no se menciona por pintoresca, sino por lo que sugiere de una manera de estar, seriedad, palabra dada, carácter cuando hace falta y una constancia que no necesita adornos. Avilés ha sido siempre una ciudad capaz de integrar lo mejor de quienes llegan a ella, gente que viene a trabajar, se hace de aquí por su conducta, y termina siendo parte de lo más valioso de la ciudad. El Yumay encaja en esa historia silenciosa de Avilés que no siempre se escribe, pero se reconoce.
Yo he querido que este artículo sea personal, pero sin melodrama. Lo escribo también desde dentro: soy gastrónoma del Yumay, de los fundadores. Personal porque no puedo fingir distancia; y sin melodrama porque aquí lo que merece respeto es el oficio y la verdad. Mi relación con El Yumay no ha sido la de una clienta más. Y mi relación con Justo, menos todavía.
Yo entraba aquí desde hacía tiempo. Y mi conversación "de verdad" con Justo empezó por un episodio tan poco elegante como profundamente humano. Un día me caí en su establecimiento, tramité la reclamación que correspondía, con normalidad y con seriedad. Y Justo, con esa mezcla suya de pragmatismo y carácter, me miró y soltó una frase que todavía recuerdo por lo exacta que fue en tono y en intención: "Ah… ¿pero eres abogada?". A partir de ahí hablamos. Y, con los años, Justo fue mi cliente, sí, pero sobre todo se convirtió en mi gran amigo.
Lo cuento porque define bien lo que ha sido este lugar. Aquí se responde, aquí se gestiona, aquí se da la cara. Y, cuando eso se hace con respeto, queda lo humano. En hostelería, la gente piensa a menudo que lo importante es el producto, y lo es, pero lo decisivo, lo que convierte un local en ‘casa’, es la suma de pequeñas conductas, cómo se atiende un problema, cómo se desactiva una tensión, cómo se devuelve la calma sin restar importancia a las cosas. En definitiva, cómo se cuida.
A Justo yo lo llamo "patriarca" y no es una exageración afectiva, es una descripción precisa. Justo no es solo el alma del Yumay, para muchos ha sido un punto fijo, un norte. Y se entiende por qué, porque es de esos hombres que sostienen sin hacer ruido, que están cuando hace falta sin pedir explicaciones ni juzgar, y que saben darte la palabra, la broma o el silencio que necesitas. Eso no es literatura, es vida. Y quien lo ha vivido lo reconoce al instante.
Si algo define a Justo, además, es su fidelidad a la amistad. En un mundo rápido y provisional, él sigue siendo de otra época: la de los apretones de mano que valen más que un contrato y la de las palabras que se cumplen.
Esta es la parte que quiero elevar a Avilés, porque Avilés entiende muy bien esta idea. Avilés respeta el oficio. Avilés respeta al que cumple. Avilés respeta al que sostiene sin venderse. Y, aunque a veces lo olvidemos, esa es una virtud colectiva, saber reconocer lo bueno sin necesidad de convertirlo en espectáculo.
En un día como hoy, se habla mucho de cierres, de balances, de finales. Quizá tenía razón Calderón cuando escribió que la vida es sueño, al menos, a ratos. Pero hay lugares que nos mantienen despiertos, orientados, en pie. Lugares donde se sostiene una ciudad desde lo cotidiano, una mesa, una barra, una conversación que no pide permiso para ser importante. El Yumay ha sido uno de esos lugares.
Hoy cierra El Yumay. Pero no cierra lo esencial. Lo esencial se queda en la gente, en la memoria de quienes han comido aquí, han reído aquí, han llorado aquí, han brindado aquí. Y también se queda en una forma de hacer las cosas que Avilés debería cuidar como se cuida lo valioso, reconociéndolo.
Y termino en primera persona, porque no puedo fingir distancia. Justo ha estado en todos los momentos importantes de mi vida, en los buenos y en los difíciles, sin ruido, sin condiciones, con esa lealtad tranquila que sólo tienen los de verdad. Por eso hoy no me sale decir adiós. Me sale decir gracias.
Gracias, Justo, por el Yumay… y por algo mucho más serio que un local, por la amistad. Porque la amistad no se jubila.
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