Opinión
Espumillón y rama de canela
Un recuerdo de las Navidades de entonces
Navidades de entonces. Había en las Navidades un frío muy distinto, un frío que no nos rebajaba temperatura alguna, sino que congelaba los sentidos y convertía los días en días más hondos, días que eran más días. En aquellas estancias de luz a media fase y tabiques que aullaban con el viento, la vida transcurría sin premura y el tiempo se enroscaba como un animal manso junto a la hornilla. Ignorábamos que nos faltaban cosas; todo nos parecía bastante, porque lo poco, cuando lo compartimos, es más que suficiente. Vivíamos en la carencia sin sentirla.
Las fiestas llegaban sin estrépito, anunciadas por los primeros hielos en los huertos y por el leve vaho que nimbaba los cristales, donde mi hermana y yo dibujábamos mundos que creíamos eternos como la propia vida. Ningún brillo en exceso: bastaban unas tiras de papel plateado y algún espumillón deshilachado, la estrella de cartón que, cada año, cobraba dignidad en la punta del árbol, entre viejas bombillas. Y al no haber casi nada, esperábamos cualquier regalo mínimo –unas madreñas nuevas, un cuaderno, un paraguas, barras de plastilina– con un fervor que hoy parecería increíble. La sorpresa era una emoción plena, un pequeño temblor que invadía nuestro cuerpo la víspera de Reyes, un nerviosismo insólito que nos sobrecogía.
Y en las mesas, humildes, como eran las mesas, se servían las cenas especiales del año: el gallo alimentado durante muchos meses, las patatas pequeñas y la carne guisada y una exquisita sopa de fideos y menudos de gallina. Y compota sabrosa con higos y manzanas y peras y rama de canela y delicioso almíbar. Y trozos de turrón partidos con esfuerzo y uvas pasas, nueces y peladillas. Nada sobraba más que esplendidez y abrazos que se repartían como pan: cada uno lo justo, para que los demás también tuvieran. La fiesta se medía en miradas y en viandas que durante todo el año no se comían.
Esencial, el encuentro, ese círculo cálido de padres y de madres en torno al que girábamos, unión bendita. Con su presencia, todo estaba en su sitio, solo ausencias que ellos, igual que ahora nosotros, callaban y sufrían. El mundo era pequeño, pero era suficiente: un húmedo pasillo, unos cuartos estrechos, paredes que guardaban el olor a cocina.
Nada alumbraba más que aquella plenitud que nos sonaba a hueca y era tan fiel y rica. Nada con más encanto que aquella calidez que tictaqueaba a en nosotros como un reloj de cuco, como un acebo joven, como nieve en el pino, como unas campanillas.
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