Opinión
Este año puede ser peor
Enero no es el principio de nada, unos días de fiesta y vuelta a la rutina de siempre
Mientras desayunaba, sentí el pellizco de esa neurona que nos espabila cuando despertamos sin despertar del todo y caí en la cuenta de que enero no es el comienzo de nada. No hay un antes y un después de diciembre, hay un par de días de fiesta y vuelta a la rutina de siempre.
Menos mal que la neurona estuvo al quite porque un poco más y vuelvo con esos propósitos de año nuevo que, enseguida, abandono culpándome de que no los consigo por mi escasa fuerza de voluntad. Lo cual es cierto, pero también lo es que no depende, solo, de mí. Depende de la situación general, que está como está y habrá que rezar para que no empeore.
Rezando, es casi seguro que no se arregle. Y, sospecho que el arreglo sería peor si hiciéramos caso a quienes piden elecciones y piden que los votemos. Una petición asombrosa por cuanto que quien la hace es un político sin liderazgo ni más proyecto que el entusiasmo por que prosperen algunas causas judiciales que viene utilizando para poder disparar con algo, a falta de munición propia. Circunstancia que lo ha convertido en una especie de cuñado catastrofista cuyas sentenciosas afirmaciones son desmentidas, una y otra vez, por la realidad de los hechos.
Así es como empieza 2026, igual que acabó 2025. Con la misma soberbia de quienes reclaman que el gobierno les pertenece porque cuando ellos no gobiernan todo va mal. Quítate tú que me pongo yo. Ninguna explicación de cómo piensan abordar el modelo territorial, las pensiones, la vivienda, el salario mínimo, la política económica… Nada. A lo más que llegan es a decir que bajarán los impuestos sin bajar el gasto público. Una milonga, copiada de Milei y de Trump, que se une a la sarta de mentiras, insultos y estupideces que repiten constantemente ante la falta de un proyecto creíble.
Si hablamos de corrupción, que vuelve a estar en boca de todos, todavía es peor. Quienes prometen erradicarla y combatirla con dureza, son los que han tenido en sus filas más corruptos que nadie, han sido condenados por ello y se atreven a exigir honradez desde unos despachos que pagaron con dinero negro.
El panorama, ciertamente, no invita al optimismo. De hecho, mucha gente está convencida de que todo irá a peor. Una sospecha fundada porque, lo de ahora, no es que los privilegiados, que viven estupendamente, quieran que gobiernen los suyos, también los más desfavorecidos, los que cobran un subsidio o un salario que apenas les alcanza para sobrevivir, están deseando que llegue alguien que tire abajo los logros del progresismo, sin que les importe como quedará el país y como quedarán ellos mismos. Su objetivo es vengarse de que la vida los trate como los trata y para esa tarea no piensan elegir a los que luchan por una sociedad más justa. Eligen a los que prometen expulsar a los inmigrantes, se oponen al feminismo, no creen en el cambio climático, desprecian todo lo público y apuestan por las corridas de toros como símbolo de nuestra cultura.
Predecir el futuro es complicado. El de España se presenta muy preocupante y Trump, en la Casa Blanca, tampoco tranquiliza mucho. Pero ojalá fuera una predicción. Lo grave es que ya está sucediendo y, en 2026, puede ser peor.
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