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Ganar el porvenir

El escritor irlandés Patrick Ness escribió "Un monstruo viene a verme" como un melodrama donde la tristeza se mezcla con la magia de tal modo que convierte la ilusión en un juego de luces estroboscópicas y la tristeza, en miedo por la pérdida.

En el espectáculo que programó el teatro Palacio Valdés antes de anoche, el presente se disuelve y en el espacio que dejan sus moléculas se levanta el futuro. Y entonces uno se acongoja y, acongojado, es feliz y paradójico. Porque "Un monstruo viene a verme" va de la muerte de los más cercanos y de las averías que los muertos dejan a su alrededor. Y va tan bien que uno al final sólo puede aplaudir y aplaudir.

Y luego respirar.

Los muertos cercanos antes fueron vivos y abrazos.

La Joven, compañía bajo la batuta de José Luis Arellano, defiende un espectáculo mayor que funciona como un reloj suizo: hay dos mundos –la realidad y el miedo– que según se desarrolla el espectáculo cambian su naturaleza. Y lo hace siguiendo los pasos que da Conor (Elena Hipólito, encarnecida) en ese País de Oz tan cercano al de Nunca Jamás. Y en el medio está ese árbol escapado, a veces, de una tragedia shakespeariana y, otras, de un cuento navideño. Toda una combinación de sentimientos nada sentimentales, pero tan acongojantes que tardan en desanudarse cuando llega el momento de los aplausos. Y todo ello como un abrazo entre un espacio escénico perfecto (pantallas, ramas) y una iluminación de pura fantasía.

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