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La farándula del nuevo mundo

El Niemeyer aplaude la vida reconstruida de uno de los primeros comediógrafos europeos

Dice Juan Mayorga que "el teatro es el arte de la paciencia". Y lo dice porque sabe cuánto puede pasar para que aquello que tiene forma de teatro, verdaderamente, cobre la forma para la que ha sido pensada. Le pasó a él mismo, sí, a él mismo: a todo un premio "Princesa de Asturias". Tardó treinta años en estrenar su debut en la dramaturgia: "Siete hombres buenos" es de 1989 –entonces se llevó el áccesit del "Marqués de Bradomín" que terminó ganando Maxi Rodríguez–y no fue hasta 2020 en que montaron aquel espectáculo por primera vez.

La farándula del nuevo mundo

La farándula del nuevo mundo

O sea, que el teatro siendo el arte de lo efímero –existe mientras los ojos están puestos sobre el escenario– también lo es de la paciencia –esos ojos necesarios tardan, a veces, mucho en llegar al lugar en el que les reclaman–.

Le pasó a Miguel Mihura –el de "Maribel y la extraña familia", el de "El caso de la mujer asesinadita"–, con "Tres sombreros de copa". El escritor Adrián Perea –27 años– toma esta circunstancia –los veinte años que van de la escritura del clásico hasta su estreno semiclandestino a cargo de Gustavo Pérez Puig y Agustín González, cuando todavía no eran ni Gustavo Pérez Puig y Agustín González– y escribe "Mihura, el último comediógrafo", que es una producción que antes de anoche se vio en el Niemeyer y se había estrenado en Madrid, como una verdadera gloria.

Teatro dentro del teatro; amor por la escena, amor por los alrededores de la escena, destrucción del mundo salido de las bombas... Mihura –y Tono y Jardiel Poncela y López Rubio– se inventaron el teatro del Absurdo antes de que alguien inventase el mismo término. Y eso –la anticipación– causó un retraso en "Tres sombreros de copa". Eso. Y la Guerra Civil. Y la represión franquista. Dice Dionisio: "¿Y hace mucho que es usted negro?" Y responde Buby: "No sé. Yo siempre me he visto así en la luna de los espejitos".

Perea compone una comedia deliciosa en la que Mihura se enfrenta sobre la escena con sí mismo cuando empezaba a ser el que pasó a la historia del teatro europeo. Beatriz Jaén dirige el espectáculo como una verdadera Orquesta Sinfónica y, cuando los solistas salen a escena (Castillo y Pardo), el espectador queda encantado, embrujado. Perea se empeña en cerrar todas puertas que había abierto metiendo un epílogo. Sin él, la comedia sería perfectísima. Uno, antes de ello, ya quiere irse a vivir a la farándula. Y amar a Paula. Y reírse de uno. Y hacerlo en esa escenografía tan mundial como la que firma Pablo Menor Palomo. n

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