Opinión
Senda costera
Un paseo con el recuerdo de Adán presente
Tomo conciencia de que un nuevo año se inicia paseando por esta senda costera. Vaciándome así de ruido, luces engañosas y calles abarrotadas. Un silencio interrumpido por oleajes, en el que intento poner en orden las ideas, dirigiendo la mirada al horizonte y observándome a mí misma desde dentro y también desde fuera, a través de este recorrido por el que mi único guía es el acostumbrado litoral, profundo y grisáceo, de estos primeros días tan gélidos.
Durante esta ruta, pienso también en un poema con el mismo título que este artículo, que escribí una tarde en la que me asomé a los ojos de Lurdes. Y es que el mar suprime los espacios y los miedos y nos devuelve el dolor más depurado, una tristeza sosegada con la que se aprende a vivir cuando se pierde a alguien, especialmente, a un hijo, cuyo nombre jamás se olvida, porque siempre será un fragmento azul e indisociable de nuestra vida: Adán. Y no importa el tiempo que pase y que no hablemos de ello, porque siempre está ahí, en esa primera luz inocente que se asombra una vez más de los ciclos del mundo.
Los recuerdos se acrecientan en este entorno de aguas bravas y frías, en estos acantilados y, desde aquí, ya no contemplamos la vida, porque es ella misma la que nos contempla. Y solo somos finitos pleamares de existencia, seres con un destino irrenunciable, del que nos da pistas cada marea.
Aquí hoy el sol no calienta y no se divisa ningún faro, sin embargo, la luz irradia desde nuestro interior, aportando realidad a esa mitad a la que nos aferramos, a pesar de la distancia de lo que hemos vivido con tanta intensidad. Con tanta intensidad, que bastaría solo eso, solo eso, para sentir que merece la pena seguir vivos.
Y veo otra vez el mar helado y otra vez me pregunto, cuál es el color imposible del luto de los oleajes verdes.
Y siempre, siempre, los veleros se iluminan desde tu estrella.
Y qué habrá sido de su música y consistencia… Conservo tu risa y la luz de los pájaros.
Como a la inocencia por el camino más corto. Y tú acaricias mi médula y mi lenguaje era una flor intensa.
Te protegía de las muerte de los inviernos. Y siempre extiendo los brazos a la línea de tu horizonte.
Confío, porque fui feliz mientras te tenía entre mis brazos.
Y en esta senda costera, y siempre: Adán desde tus ojos.
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