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Pablo Menéndez, "Menen"

Amores reñidos, ¿los más queridos?

La relación de amor-odio entre Ayuntamiento y Real Avilés

Los protagonistas de esta historia de San Valentín son nuestro querido Real Avilés y la principal entidad de esta ciudad: el Ayuntamiento. Amores reñidos, los más queridos. Qué sabio -y a veces cruel- es el refranero español.

Quizá el Real Avilés sea el ejemplo perfecto de que los amores cambian, y no siempre cuando uno lo espera. Escribía Haruki Murakami en "Kafka en la orilla" que “sea lo que sea lo que busques, no vendrá en la forma que esperas”. Supongo que el Ayuntamiento, como pareja ideal -o eso quiere hacernos creer-, no esperaba que su “querido Real Avilés” llegase a donde está hoy.

A ser imagen de la ciudad en la tercera categoría del fútbol español. A reunir a 4.000 personas domingo tras domingo. A convertir a los futbolistas en referentes reales, cercanos, para los niños que juegan en Las Meanas soñando con algo más que una foto borrosa en redes sociales. No hay más ciego que el que no quiere ver. Vaya que si es sabio el refranero.

El pasado mes de julio el Ayuntamiento nos quiso vender la reconciliación definitiva. Promesas. Patrocinios. Ayudas. Palabras bonitas, que casi siempre llegan cuando todo va bien. Pero ya lo advirtió Zygmunt Bauman en "Amor líquido": “Las relaciones que se basan en la utilidad duran lo que dura la conveniencia.” Y cuando el Real Avilés, gracias a Diego Baeza, pasó de ser una causa incómoda para convertirse en una realidad viva, ruidosa y autónoma, el amor se empezó a parecer demasiado a un contrato mal leído. O, directamente, a uno de aprovechamiento.

Porque lo más importante del amor es el amor propio. Y a este nuevo Real Avilés le sobra. Supo decir basta. Basta a años de falsas promesas. Basta a los impedimentos administrativos. Basta a las duchas de agua fría. Basta a un Suárez Puerta que se caía a cachos. Supo hacerse valorar por encima de una “pareja” permisiva con quienes despreciaron al club, con antiguos mandatarios que tuvieron carta blanca mientras el escudo se marchitaba.

El club cambió. Cambió de piel, de discurso y de dignidad. Y entonces ocurrió lo que siempre ocurre. Mario Benedetti lo explicó mejor que nadie: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas”. Y hay quien, en esta ciudad, no supo -o no quiso- responderlas.

La prueba de que esta relación no funciona no está en los sentimientos, sino en los hechos. Cuando un club tiene que recordar mediante comunicados públicos que se cumpla lo prometido, ya no hay vínculo. No es amor. Es interés. Y en Avilés, ese interés suele tener calendario electoral.

Por suerte, no todas las ciudades viven el fútbol desde el desdén. Miro a Pontevedra con envidia sana. Allí se entiende que el club forma parte del pulso urbano. Pasarón es municipal, sí, pero también es cuidado. Lo demuestran los 75.000 euros destinados al cambio de césped. Allí el apoyo no es retórico: se traduce en decisiones presupuestarias. Cuando se habla de apoyar, se apoya.

A apenas 25 kilómetros de Avilés, Gijón ofrece otro espejo incómodo. El Molinón es municipal, pero existe un marco claro, una concesión, una asunción básica: el Sporting no es un inquilino molesto, es un activo social. Hay debates, sí. Hay tensiones, claro. Pero hay algo fundamental: reconocimiento institucional de que el club importa. Un club que, en sus peores momentos y al borde de la quiebra, encontró en su Ayuntamiento y en Mareo -su bien más preciado- el principio de su redención.

Porque el amor también consiste en dar lo mejor de uno mismo cuando la otra parte no puede hacerlo. Albert Camus lo dejó escrito con claridad: “La verdadera generosidad hacia el futuro consiste en entregarlo todo al presente”.

Aquí, en cambio, seguimos atrapados en el esnobismo barato, en el “el fútbol, qué ordinariez”, en los de siempre, los que mandan: especialistas en despreciar pasiones ajenas, incapaces de comprender el gozo compartido, la felicidad colectiva. Los límites de sus pasiones son los límites de su conocimiento.

Y conviene recordarlo, también desde aquí. Porque como escribió Antonio Machado, en cuestiones de cultura y de saber solo se pierde lo que se guarda; solo se gana lo que se da. El fútbol -como la ciudad- no se posee: se comparte.

Porque el amor, también en el fútbol y también en las ciudades, no consiste solo en aparecer cuando todo luce bonito. Consiste en cuidar. En sostener. En estar cuando no hay focos ni titulares. En responder cuando la otra parte no puede hacerlo sola. Antoine de Saint-Exupéry lo explicó con una sencillez demoledora en "El Principito": “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado”.

Y un club que representa a una ciudad no se utiliza, no se exhibe y no se guarda en un cajón según convenga. Se cuida. Incluso cuando incomoda. Incluso cuando exige. Incluso cuando recuerda, con hechos, que el amor verdadero no se mide en promesas ni en fotos, sino en compromiso.

Porque cuando el amor es real, el entendimiento acaba llegando. Pero solo si hay voluntad de cuidar lo que un día se decidió hacer propio.

Feliz San Valentín.

Pablo Menéndez, "Menen", es portero del Real Avilés B

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