Opinión | Crítica / Teatro
El futuro y los trenes de mercancías
El Centro Niemeyer acogió el espectáculo basado en la trilogía de Francisco Casavella
«El día del Watusi»
Drama de Iván Morales basado en la trilogía homónima de Francisco Casavella protagonizada por Guillem Balart, David Climent, Raquel Ferri, Artur Busquets, Dudu Alves y Anna Alarcón e Iván Morales, que también dirige la función.
Centro Niemeyer, 20 de febrero de 2026
Francisco Casavella, que se murió en 2008 con 45 años nada más, dejó un bonito legado literario. Sobresale la trilogía "El día del Watusi" (mil páginas que fue publicando entre septiembre de 2002 y marzo de 2003). Sin embargo, dejarlo ahí sería como limitar a Robert de Niro a las películas de mafiosos. Casavella es el de "El triunfo" –"Tigre Juan", cuando era a novelas inéditas-, el de "Un español se suicida en Las Vegas" o el guionista de "Antártida", la película aquella con banda sonora de John Cale. No escribió teatro, su rollo fue por otro lado. Su último título fue "Lo que sé de los vampiros". "Nadal" incluido. Casavella sobresalió en el "boom" de los noventa: escritor joven, historia neorrealista para descubrir a cada paso un nuevo Kronen.
Pero Casavella era algo más que eso. Casavella era un escritor mítico: capaz de llenar de pícaros la ciudad industriosa de los setenta, la ciudad transferida de los años preolímpicos. Como Vázquez Montalbán. Como Juan Marsé. Y todo para contar que el futuro no se prepara, chocas contra él como un tren de mercancías.
Iván Morales vio este carácter legendario desde el principio: las mil páginas narrativas de Casavella podían tomar forma sobre la escena. Y así decidió montar un guion que es todo él un poderoso ejercicio de creatividad y de confianza en los espectadores: las mil páginas se reducen a cuatro horas, pero cuatro horas siguen siendo cuatro horas. Y eso que no fumo. El vicio de "El día del Watusi" está en que los hechos que suceden lo hacen porque los personajes dicen que suceden, no porque el personal haya sido testigo de esos hechos. Los espectadores de un espectáculo tienen que asumir mucho: todo lo que le cuentan es verdad y punto. Si no lo asumen, el espectáculo no avanza. Pero este es el vicio.
La virtud es la poderosa puesta en escena de cada uno de los tres actos (los que corresponden a "Los juegos feroces", a "Viento y joyas" y a "El idioma imposible", es decir, cada una de las novelas que forman parte de la trilogía) es el elenco de actores: los siete, pero sobremanera Guillem Balart, que es Fernando Atienza, el pícaro que hereda las ambiciones de "Pijoaparte" de "Últimas tardes con Teresa" y la pobreza de Max Estrella en "Luces de bohemia". Casavella se inventa una ciudad de leyenda a la que llama Barcelona y Morales trata de llevarla a las tablas. Cuatro horas después, uno sale del teatro con la sensación de haber desaprovechado demasiado los platos que salieron de la cocina. Con dosis más pequeñas hubieran sabido mejor.
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