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Rebelión en Asturias

Un momento de la representación avilesina de "La balada del norte"

Un momento de la representación avilesina de "La balada del norte" / Luisma Murias

"La balada del norte"

Tragedia original de Alfonso Zapico dramatizada y dirigida por Luis Alija y protagonizada por Nerea Vázquez, Enrique Dueñas, Carla Loga, Alberto Rodríguez, Carlos Dávila, Carmen Gloria García, David Varela y Ernesto González.

Teatro Palacio Valdés,

4 de marzo de 2026

“La balada del norte” en realidad es una tetralogía escrita y dibujada por el autor blimeíno Alfonso Zapico, uno de los principales del cómic español de este tiempo.

Se trata de una ficción en torno a la Revolución de Asturias, una ficción que cruza, de cuando en vez, la historia verdadera. Así el amor del hijo del marqués y de la hija del minero se mezcla con la presencia de Belarmino Tomás, el general Franco o la Pasionaria…

Eso fue al principio, Luis Alija, uno de los productores de teatro más destacados del momento, es el responsable de haber trasladado a la escena esos cuatro volúmenes gráficos consiguiendo por primera vez, un espectáculo teatral con origen en una historieta y, después, un montaje tan enorme como superlativo. Y grande lo es por varias razones: porque la escenografía de Nuria Trabanco (piezas movibles) cobra protagonismo principal en el desarrollo de la tragedia (son varias las decenas de personajes a los que dan vida los ocho actores sobre las tablas) y, sobremanera, esto precisamente, ocho actores para mostrar una historia en la que hay política y, a la vez, amor en los páramos a lo “Cumbres borrascosas”. Todo eso, además, ayudado por un vestuario de relumbrón (de Javier Noriega). “La balada del norte”, con todas las herramientas para ser una producción a lo grande.

Teatro Saltantes, la compañía de Alija y de Nerea Vázquez, llenó el teatro Palacio Valdés, en Avilés, antes de anoche (y eso que era miércoles: se da la circunstancia de que mientras se desarrollaba el montaje, bajó una niebla pedregosa a las calles de la ciudad). Y fue una fiesta ver a Alberto Rodríguez como el minero sin compromiso político y sindical que termina “fugao” en el monte. Da gusto escuchar a los personajes de uno y otro lado del palacio: separados por una muralla que llevó a los regulares a “pacificar” los valles de la rebelión.

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