Opinión
Ser mujer sin etiquetas
Ser mujer no es una etiqueta ni un lema. Es una forma de vivir el mundo, con una historia propia marcada por el cuerpo, el trabajo, la maternidad si llega, la salud y la edad, y también por expectativas sociales que todavía a veces pesan más de lo que se reconoce. Aun así, la historia de las mujeres no va de “lo que nos dejaron hacer”, sino de lo que se fue ganando: educación, voto, autonomía económica, protección legal y presencia en lo público. No ocurrió por casualidad, sino por esfuerzo constante y por cambios sociales reales. Para mí, ser mujer es un privilegio: por la capacidad de sostener y por una manera distinta de mirar. En el norte de España esa idea se ve clara en nuestras abuelas. En Asturias, Galicia y en el Cantábrico en general, muchas mujeres llevaban la casa, las cuentas, los cuidados y también el trabajo duro del campo o del pequeño negocio.
Eso que se llama “matriarcado” no era poder en las leyes o en las instituciones, pero sí una autoridad real: ellas eran el sostén de la familia y, muchas veces, del pueblo. No era discurso: era trabajo, carácter y responsabilidad cada día. Yo todo esto lo entiendo desde una historia que para mí tiene nombre y cara: mi abuela Teresa. Era de una aldea de Galicia y, antes incluso de casarse, se fue a Argentina. No por aventura, sino por necesidad. Allí empezó sirviendo en una casa adinerada. Me lo contaba sin adornos: que no se acostumbró nunca a aquella vida, que se sentía fuera de sitio. Y siempre volvía al mismo recuerdo, como si aún lo tuviera en el cuerpo: el barco. Me decía lo mal que lo pasó cruzando el océano desde Galicia, el miedo, el mareo, la soledad, esa sensación de irte sin saber si algún día volverás. Volvió cuando pudo. Juntó el dinero del pasaje y regresó a Galicia. Y después vino su vida de aquí: se casó y, en plena posguerra, se quedó viuda por primera vez. Rural, agrícola, de tierra y trabajo duro. Mi padre tenía tres años. Pasó hambre. Y aun así tiró. Se volvió a casar porque social y económicamente era casi inevitable. Llegaron tres hijas más. Yo la recuerdo siempre trabajando, mandando, fuerte, con ese carácter de las mujeres que sostienen una familia sin pedir permiso.
Y cuando volvió a quedarse viuda, llegaron el luto y las costumbres. Ese “lo que toca” que no se discutía. Normas no escritas que, en la práctica, eran leyes. Yo soy su nieta y llevo su mismo nombre. Y mi vida, comparada con la suya, es una prueba sencilla de los avances sociales en España: estudié Derecho, soy independiente económicamente, me he casado, me he divorciado y me he vuelto a casar. No lo digo como consigna, lo digo con gratitud. Porque cada vez que elijo, sé que esa libertad no cayó del cielo: viene de mujeres como Teresa, que tuvieron menos opciones, pero abrieron camino a fuerza de vida. Y por eso este texto también quiere ser un homenaje: a mi abuela Teresa y a todas esas mujeres valientes que, sin pancartas y sin discursos, hicieron lo más difícil. Resistir, sostener y sacar adelante a los suyos. Mujeres que no tuvieron fácil la palabra “elegir”, pero nos la dejaron a nosotras como herencia.
Yo no defiendo que las mujeres seamos “iguales” al hombre en el sentido de ser lo mismo o funcionar igual. Hay diferencias, pensamos de forma distinta, y no me parece necesario negarlas para reclamar nada. Lo que sí defiendo es que esas diferencias no nos hacen menos, ni pueden usarse para ponernos límites. Para mí, la igualdad es otra cosa: la misma dignidad, el mismo respeto y las mismas oportunidades. En los últimos estudios se ve algo claro: hay menos gente, sobre todo joven, que se declara “feminista” o simpatizante. Y, en mi opinión, no es porque la igualdad haya dejado de importar, sino porque a veces el feminismo se percibe más como una etiqueta política que como una herramienta útil. Y aquí hay un punto que para mí es clave: la igualdad real también depende muchísimo del lugar donde naces. No es lo mismo ser mujer en España que serlo en Irán, Afganistán o en países donde la libertad se negocia cada día y el Estado controla tu cuerpo, tu ropa o tu presencia en la calle. En esos contextos, la diferencia no es un matiz: es acceso, o no, a derechos básicos.
Por eso me impacta tanto ver lo que ocurre en Irán: mujeres que se juegan la libertad, y a veces la vida, por mostrar el pelo o el rostro. Ahí se ve con crudeza que no estamos hablando de una discusión teórica, ni de una palabra, ni de una etiqueta: estamos hablando de quién manda sobre tu cuerpo y tu vida. Esto no significa que aquí todo esté resuelto. Pero hay algo fundamental: tenemos un marco de derechos que permite reclamar, avanzar y cambiar cosas sin que tu propia existencia sea un delito. En otros lugares, el primer paso no es “llegar más arriba”, sino poder estudiar, trabajar, salir sola o decidir sobre una misma sin miedo.
Y hay otra idea que para mí es clave: los avances de las mujeres no son propiedad de una sola ideología. La historia lo demuestra. Aquí, Clara Campoamor empujó el voto femenino desde una sensibilidad liberal; y fuera de España, Simone Veil, desde un espacio de centro-derecha en Francia, sacó adelante una reforma decisiva pese a la presión y el ruido. Y también hemos visto liderazgos como el de Angela Merkel, democristiana, que normalizaron que una mujer pueda dirigir un país con autoridad y sin necesidad de convertirlo en consigna. Por eso rechazo el atajo de que ‘progresismo’ sea sinónimo automático de ‘izquierda’.
El progreso real son hechos: derechos, oportunidades, seguridad, conciliación y respeto. Y ahí es donde yo me sitúo. Y para cerrar, vuelvo a Teresa. A mi abuela, y a todas las mujeres como ella, que no tuvieron grandes palabras, pero sí una vida entera de resistencia. Ella no hablaba de igualdad: la peleaba cada día. Con hambre, con duelo, con trabajo en el campo, con decisiones que no siempre eran libres, pero eran necesarias. Por eso me gusta una frase de Mary Wollstonecraft (1792): ‘No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas’. Porque eso es lo que Teresa apenas pudo permitirse, y lo que nos dejó como tarea: vivir con autonomía.
Y yo lo veo también en casa. Tengo dos hijos y quiero que crezcan sabiendo, sin necesidad de discursos, que su madre es una mujer fuerte. Que trabaja, que decide, que se levanta cuando toca. Que puede amar, equivocarse, empezar de nuevo… y seguir. Quizá de eso debería ir el 8 de marzo: de recordar lo conquistado sin convertirlo en trinchera. De hablar con verdad, con respeto, y con el sentido práctico de nuestras abuelas. Porque cuando la igualdad es real, no necesita etiquetas: se nota en la vida.
Maria Teresa Domínguez Murias es abogada y vicesecretaria de Estudios y Programas del PP de Avilés
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