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Avilés

Sobre la Cultura

Un instrumento para devolvernos la capacidad de autocrítica

Desde la autoconciencia del homo sapiens hasta nuestra era digital, la cultura ha estado presente siempre en nuestras vidas, pero no de forma superficial. Desde un punto de vista amplio, la cultura puede entenderse como un conjunto de estrategias adaptativas y simbólicas que nos permite trascender y reconocernos como humanos en un mundo de significados compartidos.

Cuando el mundo comenzó a nombrarse, a segmentarse y a comprenderse, la cultura se constituyó en una especie de herencia acumulativa de conocimientos, técnicas y mitos que se transmitía entre las distintas generaciones. La cultura ha sido un vínculo necesario en la sociedad a lo largo de la historia y también un vehículo de comunicación de valores morales que aportaban un lugar al individuo en el cosmos, la clave para la resiliencia social y la resolución de conflictos. Así de importante y de amplia fue y debería ser la cultura.

Pero si la cultura se reduce a certámenes burdos o a concursos absurdos, en los que la balanza de la ganancia se inclina de forma no objetiva por cuestiones de farsa ideológica, no solo estaremos empequeñeciendo su finalidad, sino acabando con su función, la cual es tan necesaria como lo es la propia división de poderes.

Por otra parte, la relación entre la cultura y la política ha sido históricamente una de las tensiones más complejas en las ciencias sociales y la filosofía política, planteando un dilema fundamental sobre la autonomía del espíritu humano frente a las estructuras de poder. Defender que la cultura debe permanecer al margen de la política no es un ejercicio de aislamiento estético, sino una salvaguardia de la pluralidad ontológica que permite a las sociedades evolucionar más allá de los marcos ideológicos temporales.

Cuando la cultura se supedita a la política, corre el riesgo de transformarse en mera propaganda, perdiendo su capacidad crítica y su función principal: la de convertirnos en ciudadanas y ciudadanos libres. La cultura no puede supeditarse ni evaluarse por el binomio de lo útil o perjudicial para una agenda política específica. El acoso o la censura al libre pensamiento por los nuevos legionarios de la redes sociales al servicio del poder político de turno o la propia autocensura de los creadores, en busca del favor del mecenazgo estatal, anulan a la auténtica cultura, dando lugar a una pseudocultura carente de valor, que aliena al individuo.

La verdadera cultura es el único instrumento que puede lograr devolvernos la capacidad autocrítica y el proyecto ilusionante de formar parte de la humanidad.

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