Opinión
El feminismo que abrió cambios
Derechos, conciencia y aprendizaje celebrado
El movimiento feminista ha sido, sin lugar a duda, uno de los principales motores de transformación social más importantes en la historia reciente. Gracias a décadas de lucha, organización y reivindicación, hoy las mujeres disfrutan de derechos que durante mucho tiempo les fueron negados o directamente arrebatados. Derechos como poder votar, acceder a la educación, a la participación política, a la independencia económica, a la protección frente a la violencia o incluso algo tan sencillo como decidir sobre su propio futuro. Nada de esto fue un regalo, fue una conquista.
Pero el feminismo no solo sirvió para cambiar la vida de las mujeres. También ha cambiado la forma en la que muchos hombres entendemos la igualdad, las relaciones personales, la responsabilidad compartida o el ejercicio de poder. Ha sido algo así como una escuela cívica que ha obligado a revisar privilegios, a cuestionar herencias culturales y a entender que una sociedad más justa solo puede lograr desde la igualdad real entre mujeres y hombres.
Tenemos que entender que asumir este legado no es ningún deber impuesto, es una oportunidad para plantearnos cómo queremos que sea nuestra sociedad. Porque, históricamente, el feminismo ha sido ante todo un movimiento emancipador, ya que, su objetivo nunca fue tutelar, ni infantilizar, ni dirigir la voz de las mujeres, sino dotarlas de herramientas para decidir por sí mismas, en igualdad de condiciones.
Sin embargo, en estos últimos años asistimos ante un fenómeno preocupante: la apropiación del discurso feminista por parte de determinadas ideologías políticas que lo utilizan más como instrumento de confrontación que como una palanca de emancipación. Aquí es donde el feminismo corre el riesgo de perder su verdadera esencia y pasa a convertirse en un marco dogmático y excluyente.
En el momento que el feminismo deja de apostar por la autonomía y empieza a construir un relato de fragilidad permanente; cuando cambia la igualdad de derechos por una actitud de sobreprotección; cuando señala más culpables colectivos que soluciones compartidas, su esencia se distorsiona. Y no lo dicen solo los hombres, muchas mujeres también lo afirman. Mujeres que se sienten fuertes, capaces y plenamente conscientes de sus derechos, y que no quieren ser representadas como sujetos dependientes de una tutela ideológica.
El feminismo no debe ignorar las diferentes experiencias, opiniones y maneras de ver la igualdad. Su fuerza proviene de su diversidad, de la habilidad para comprender e incluir diferentes puntos de vista con un mismo propósito: la libertad, la dignidad y la verdadera igualdad.
Este 8 de marzo tiene que servir para reivindicar ese feminismo que empodera sin imponer, que protege sin anular y que reivindica sin confrontar ni dividir. Ese feminismo que no tiene necesidad de levantar muros ideológicos para poder seguir avanzando porque su fuerza y poder está en la convicción de mujeres y hombres que creen, realmente, en la igualdad.
Juan Nicieza es concejal del PP en el Ayuntamiento de Avilés
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