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arsenio fernández ’’tito el de la cantina’

Navegando por los noventa y dos

Una reflexión sobre el paso del tiempo y los amigos para mantenerse en forma

Este viernes, 20 de marzo, empiezo una nueva singladura, esta vez por los noventa y dos años de existencia. Nada nuevo bajo el Sol, pero yo expectante ya me preparo para los comentarios que con motivo de tal acontecimiento sin duda surgirán . En primer lugar, el de las personas con muy buena vista, que presumiendo de ello, se acercaran y me dirán "qué bien te veo", el amigo sordo que cuando te felicita mira para otro lado y cuando le contestas dándole las gracias no te ve y, a continuación, te echa la bronca por que no le contestaste. Están también los contables: "no pasan los años por ti". Efectivamente, los años no pasan, se quedan contigo y ya empiezan a pesar un montón. Les siguen, a continuación, las del "sexo débil", que reparan en que no tienes arrugas, y les digo que eso se debe a un tratamiento muy sencillo: dormir los fines de semana en el arcón de los langostinos. Desde luego se trata de una broma, no se le vaya a ocurrir seguir el tratamiento a nadie.

Después viene la comparativa con los de tu edad, que ya han dejado de respirar, capítulo extenso y que no merece comentario por mi parte. (Muchas gracias).

Le siguen, los que se dan cuenta que te saludan y no los conoces. Suelen ser personas que se empecinan en no comprender que no sepas quienes son, pues si los has visto alguna vez ha sido hace setenta años o más; me pasa bastante con los que se casaron en la Cantina. Alguno insiste tanto que termina por preguntarme quién soy. La respuesta rápida: "la verdad, tienes un problema si no sabes tú quién eres".

Ahora que todo el mundo habla de la Inteligencia Artificial estoy asombrado de lo que puede hacer y se olvida de una cosa que tenemos nosotros, todo un regalo llamado cerebro, al que una fotografía, una canción, simplemente, le trae millones de recuerdos. Hace unos días me enviaron una foto de los festejos de Pascua celebrados, junto al Puente de San Sebastián, donde todavía no aparecía la Rula enfrente del Parque. Fue ver la foto y la visión de las cucañas, la suelta de patos, las regatas, etc, etc, desfiló por mi cabeza, y repetimos los viajes al final de los actos por la escollera, que nos separaba de los terrenos de las Huelgas, con parada en nuestra playa de las Canteras, un trocín de arenal que aparecía en marea baja, enfrente del martillo, quedando a su derecha un arenal, hoy una vez dragado, canal de entrada al Puerto, donde con una simple cuchara llenabas en minutos un caldero de virigüetos.

Sin duda, fueron nuestros veranos. Hablo, por supuesto, de los chavales de mi generación. Fueron donde los rapacinos más se bañaron. Empezábamos la jornada en el río de La Magdalena; le seguía el Regatín, El Cantilín, el río Raíces –nuestro Misisipi– la playa de San Juan, cuyo doctorado era cruzar la ría hasta el vivero de mariscos en la entrada a la playa del Arañón, con gran enfado de algún barco mercante que hacía avisándonos de su presencia con unos pitidos de su sirena, y por las tardes nuestra entrañable San Balandrán, (quién da más).

Aquí permitidme desvelar un deseo ferviente, las muchísimas ganas de abordar los cien años, así en número y cifra 100. El motivo es el siguiente: de un tiempo a esta parte vengo fijándome mucho en las esquelas y son muy pocas las personas que mueren con esa edad.

Me ayuda muy mucho mantenerme en forma con una tertulia formada por buenos amigos, todos gente solvente, buena gente diría yo. Todas las mañanas debatimos temas muy interesantes de actualidad. Grupo, cosa curiosa, que tiene un presidente que no sabe que lo es y que acaba estos días de cambiar su inconfundible gabardina, adquirida en Sepu (Madrid) por los años sesenta, en muy buen estado de conservación, gabardina que da nombre a la tertulia y que hace unos días el julandrón acaba de cambiar por sorpresa por un abrigo azul cielo nublado, de los mismo años y el mismo comercio magníficamente conservado lo que da resalte al porte y pulcritud del individuo. Hasta aquí, todo perfecto, pero a nosotros nos plantea el dilema de volver a cambiar de nombre al grupo, cosa que no nos parece seria, pues una tertulia que empezó llamándose La Chistera, pasó a La Gabardina y ahora volver a cambiarla por El Abrigo no me encaja, no suena bien. Tantos cambios llevan a la confusión.

Yo propongo una reunión con el individuo en cuestión, cosa nada fácil, no aparenta ser muy sociable, ceño adusto, caminar con autoridad, mirada siempre al frente, bolsa de bandolera al hombro y bolsa de plástico con provisiones seguramente, en la mano. No resulta fácil el abordaje, pero un grupo curtido en mil batallas como el nuestro, no se deja amilanar ya que la cuestión es intentar llegar a una acuerdo con él y comprarle el abrigo, y que vuelva a vestir la gabardina. No ha sido nada fácil encontrar la persona ideal para el trato, por supuesto voluntario ninguno. Pero los Sabios de la Tertulia, con gran acierto, han decidido por unanimidad elegir a Ramón, hombre de la casa, de total confianza para el encuentro, pues es sabido que tiene mucha mano izquierda para estas cosas.

Una vez adquirida la prenda y no habiendo en el grupo nadie con la elegancia y talla del antiguo dueño del abrigo, para portarlo podemos, con su tela, hacer banderas del Oviedo para todos los componentes de la tertulia.

Estoy en un sinvivir, esperando el feliz momento que sin duda llegará. Un saludo para todos.

Mientras tanto, muchas gracias por disponer de tiempo y humor para leerme. n

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