Opinión
Algo más que un dulce
Un clásico de la Pascua avilesina que representa la paz y la alegría de pertenecer a una comunidad
Si bien esta vez no he saboreado el bollo de Pascua de Avilés, por estar a dieta, no voy a negar que lo he ansiado como siempre o más. Y es que cada año el Domingo de Pascua, la ciudad de Avilés se despierta envuelta en un aroma a azúcar y mantequilla que detiene el tiempo, en la evocación de un pasado medieval que más tarde florece en villa comercial hasta llegar al actual banquete comunitario que celebra la convivencia y la identidad local.
Desde 1993, como conmemoración del centenario de las Fiestas de El Bollo, vemos cómo la Comida en la Calle cobra más auge y protagonismo. Lo que ahora vemos como una marea humana compartiendo mantel en la vía pública en la famosa Comida en la Calle, es la evolución de una costumbre que hunde sus raíces en el ocaso del siglo XIX, cuando un grupo de personas decidió oficializar esa práctica que ya latía en el alma de la villa.
El origen histórico no es casual ni puramente lúdico en su inicio, sino que surge como una respuesta romántica para celebrar el fin del ayuno cuaresmal y la llegada de la floración, vinculando la gastronomía con el parentesco y la amistad.
El famoso bollo escarchado de azúcar, es una pieza de repostería única. No solo es un auténtico deleite para el paladar, sino un símbolo de la afabilidad y elegancia avilesinas, ya que tradicionalmente es el regalo que las madrinas y padrinos entregan a sus ahijados el Domingo o Lunes de Resurrección.
Trato de imaginar aquel primer desfile de 1893, sus carrozas alegóricas y sus bandas de música, la estructura festiva donde se fusionaba lo religioso y lo profano como muestra de humanidad en un intercambio de afectos, en el que el acto de comer el dulce era una reafirmación colectiva y un festejo de celebrar que se estaba vivo, sobreviviendo a guerras, crisis y cambios sociales.
Si bien en esta ocasión, no he podido paladear, he querido indagar en El Bollo como símbolo de la historia de Avilés que, no solo se escribe en los libros y los archivos, sino en el reparto de un mantecado que representa la paz y la alegría de pertenecer a una comunidad que borra las fronteras de las casas para convertir la calle en el salón de todos, manteniendo vivo El Bollo, algo más que un dulce, que sabe a historia, al regresar puntual la primavera a los márgenes de la ría.
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