Opinión

Psicóloga
Respetar la vida, respetar la muerte
Unas reflexiones respecto al derecho a morir dignamente
Vivimos de espaldas a la muerte. La disfrazamos, la ocultamos, la convertimos en un tabú. Acostumbramos a desplegar todo tipo de estrategias de escape y evitación en un estéril intento de aliviar la angustiosa incertidumbre y el profundo miedo que nos provoca.
Sin embargo, nos pongamos como nos pongamos, tenemos que convivir con ella.
En "Las intermitencias de la muerte", Saramago reflexiona acerca de la necesidad de aceptar la existencia de la muerte, entre otras cosas, para "vivir en armonía con nosotros mismos en cada momento de la vida".
Vivir en armonía, incluso cuando se decide abrazar la muerte ante la presencia de un sufrimiento constante, irreversible e inhumano.
Recientemente, en nuestro país, la ley orgánica que regula la eutanasia (LORE 3/2021) sitúa la ayuda médica para morir en un contexto de padecimiento grave, crónico e imposibilitante, de enfermedad grave e incurable y de un sufrimiento insoportable que no puede ser aliviado en condiciones consideradas aceptables.
Es esta una ley que intenta dar respuesta a un tema ante el que siempre han estado en conflicto dos posiciones clarísimamente antagónicas: una, que mantiene que la vida es sagrada y no se puede tocar; y otra, que mantiene el derecho de la persona a decidir poder morir dignamente y en paz.
Hace ya casi 30 años, Ramón Sampedro, tras años de infructuosos intensos de solicitar una muerte legal y digna, tuvo que recurrir al suicidio con cianuro, con ayuda de diferentes personas de su entorno, para finalmente poder morir, aunque fuera de forma nada legal ni digna. Abrió el debate sobre la eutanasia en una sociedad que quedó impactada con su historia.
En 2019, también nos llegó al gran público la historia de María José Carrasco, a quien su marido y cuidador, Ángel, ayudó, desde el amor más generoso y compasivo, a terminar con su sufrimiento. Un sufrimiento que ella narró de forma explícita y descarnada en un vídeo que dejó como testimonio de su calvario. La ley, que no llegó a tiempo para aliviarla a ella, sirvió, al menos, para indultarle a él.
Ahora, con la eutanasia de Noelia Castillo, ha vuelto este debate a lo grande. Con espacio constante y recurrente en algunos medios –estos temas producen siempre buenos réditos–; con gente convertida, de repente, en experta en medicina, psicopatología, derecho y bioética, opinando a discreción; y con bulos, muchos bulos, interesados, pérfidos e infames bulos. Todo ello a pesar de la existencia de la ley, a pesar de la aprobación de la pertinente Comisión Autonómica de Garantía y Evaluación para la prestación de ayuda para morir y a pesar de la resolución de cinco instancias judiciales que avalaron la decisión de Noelia, entre ellas la del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
Resulta desolador contemplar la ligereza y la banalidad con las que parece abordarse el tema.
Si hay una cualidad que nos define como seres humanos es el cuidado de los demás. Cuando alguien solicita ayuda para morir, lo que corresponde es cuidar y acompañar ante el terrible sufrimiento y los agotadores procesos emocionales a los que esa persona ha tenido que hacer frente antes de tomar tan compleja decisión. Lo que corresponde es empatizar con su explícita determinación de morir con los cuidados necesarios, con la seguridad de que su voluntad va a ser respetada y con el consuelo de que va a tener una muerte tranquila, digna y en paz.
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